El individuo y el otro: miradas de la frontera egipcia en la literatura del Reino Medio

 

Leila Salem (UNLP)

 

Introducción: una propuesta de trabajo

 

La literatura como expresión escrita se diferenció de los textos administrativos y religiosos, que dogmatizaban la escritura y estipulaban sus formas. La mayor libertad de expresión que posibilita el texto literario nos es un recurso fundamental para comprender como la sociedad egipcia se pensó a sí misma, asimismo fue a través de la literatura que los egipcios enunciaron por medio de diversos recursos estilísticos aquello que ideaban, pensaban y sentían del mundo exterior, lo “otro”. 

En el presente trabajo nos proponemos analizar las diversas miradas sobre el “otro” y sobre la frontera étnica, cultural y política en el Egipto del Reino Medio. Y cómo los egipcios pensaron el mundo fuera y dentro de la frontera egipcia.

Por un lado el extranjero fue visto como caótico, ajeno a lo propio y como potencial factor desequilibrante, mirada muy vinculadas con las percepciones inscriptas en textos administrativos y/o monumentales. Pero también esta interpretación ha sido matizada por narraciones literarias – en comparación con textos que no lo son- que dejan traslucir una visión sobre el extranjero como cercano a lo egipcio; con posibilidades de desarrollo personal del egipcio en tierras extranjeras, marcándose principalmente las diferencias sobre la base de la integración social y cultural. Dentro de este último conjunto buscamos comprender la idea de la integración y acción individual en contraposición de aquellos textos que enfatizan la determinación divina.

 

Egipto y sus fronteras

           

El desarrollo de la cultura egipcia antigua se desenvolvió en un marco geográfico bien delimitado por un territorio circunscripto y de difícil acceso por parte de los extranjeros. Las valoraciones que los egipcios tuvieron sobre el mundo interior y exterior a sus fronteras geográficas estuvieron fuertemente marcadas por esta característica.

Si bien proponemos centrarnos en el estudio de textos literarios, nos parece enriquecedor incorporar el análisis algunos textos que no son de corte netamente literario, pero que dan una interesante visión sobre el mundo extranjero [1] . Principalmente porque éstos se enfocan en determinar la frontera física-natural- de Egipto, a diferencia del texto literario que se centra más en una mirada sobre que consecuencias puede generar el acercamiento del extranjero a tierra egipcia (relacionadas con el caos), siendo que su utilización estuvo vinculada a la legitimación de la monarquía en el Reino Medio como mediadora y sustentadora del orden.

Los textos escritos demuestran que “los egipcios estaban orgullosos de su país, de su sociedad y de su sistema de convivencia. Ellos eran los hombres por excelencia, la auténtica humanidad” (Serrano Delgado, 1993, p. 18). Dentro de la frontera egipcia el país se conceptualizaba como una dualidad tanto territorial como ideológica. Vemos esto reflejado en las propias formas de concebir el poder. Por ejemplo el monarca asumía su cargo como Rey de Alto y Bajo Egipto, por lo cual llevaba la Doble Corona, símbolo de unificación en su persona de las tierras opuestas del Valle y el Delta, de lo fértil y lo desértico.

Hacia dentro de sus fronteras naturales los egipcios pensaron su sociedad como una dualidad unida por una “justicia conectiva” (Assmann, 2005, p. 158) representada en Maat. Éste concepto característico del Reino Medio, pero que hace eco a lo largo de la historia del Antiguo Egipto, era aquel que “conectaba a los hombres en una comunidad y da a sus acciones sentido y dirección al hacer que el bien sea premiado y el mal castigado”, conexiones que se vinculan el pasado en el acto de recordarlo, traerlo hacia el hoy y crear el espacio en donde se desarrollan todas las acciones sociales. (Assmann, 2005, pp. 158-161).

Maat fue el principio regente de la sociedad, pero en el imaginario egipcio estaba siempre latente la posibilidad de que ese equilibrio social y natural pudiera quebrarse. La experiencia lo demostró por primera vez durante el Primer Periodo Intermedio y así los textos lo recordaron. Por ejemplo las Admoniciones de Ipuwer transmiten una imagen invertida de lo que debe ser correcto: “…Mira los pobres se han convertido en poseedores de riqueza. Aquel que no podía hacerse un par de sandalias es un señor de bienes…” (Serrano Delgado, 1993, p. 80). También la Profecía de Neferty describe una situación de caos que pronto llegará a Egipto: “…El país está arruinado; se promulgan leyes contra su interés; faltan objetos manufacturados; se está privado de aquello que se encontraba (en otro tiempo). Lo que ha hecho es como lo que (jamás) ha sido hecho. Se arrebatan al hombre sus bienes, que son dados a aquél que es un extranjero…” (Lefebvre, p. 118).

El extranjero- todos aquellos que no habían nacido en Egipto- se configuraba como un elemento que traía consigo inestabilidad dentro del territorio egipcio, su presencia en Egipto provocaba el enredo y rotura de los hilos que mantenían unidos a la sociedad con Maat. Desde esta perspectiva los extranjeros eran considerados como hombres que desconocían las buenas costumbres, eran un factor influyente y siempre amenazante a provocar confusión.

Se hace hincapié en la idea de que el extranjero es desvalorizado y criticado culturalmente cuando tiene el deseo de, o lo logra de hecho, trascender la frontera adentro de la tierra egipcia. La Profecía de Neferty dice al respecto: “…Un ave de origen extranjero pondrá un huevo en las marismas del Delta, después de que haya hecho (su) nido en las proximidades de los hombres; los hombres le dejarán acercarse, en (su ineptitud)…” (Lefebvre, 1982, p. 116). En este pasaje los extranjeros- asiáticos- son el elemento que irrumpe en Egipto y propulsa una época de terror y desorden para la sociedad egipcia. Por lo tanto lo que pude deducirse de los textos literarios que trasmiten una oposición de territorio interno/ territorio eterno que corresponde cada un determinada disposición y concepción del mundo. El primero vinculado al orden el segundo relacionado con el caos, cuando el “otro” entra a tierra egipcia el orden interno se ve trastocado.

Algunos textos literarios que fueron elaborados a lo largo del Reino Medio [2] enfocaron sus narraciones en la descripción y recuerdo del pasado, principalmente en el Primer Periodo Intermedio. Esta época significó un quiebre en la cosmovisión egipcia del mundo vivido, pues se lo conmemora como un tiempo caótico sin comparación con otro tiempo vivido y al cual no se quiere regresar. En palabras de Assmann (1995, pp. 28-46; 2005, pp. 133-143) se codifica como elemento simbólico de la monarquía que se hace la única responsable de poder garantizar la continuación de tiempos de paz [3] . Detrás de esta intención se encuentra la misma base con la cual se pensó a la literatura en este periodo: como parte integrante del proyecto de organización del Estado.

A pesar que el extranjero era un elemento emergente del caos los egipcios no se quedaron rezagados en su frontera interna, sino que se pueden rastrear contactos con el exterior ya desde tiempos muy tempranos, desde los inicios del Estado. Para el Reino Antiguo contabilizamos un buen número de fuentes que nos permiten conocer y analizar los contactos con grupos extranjeros.

Las relaciones con las poblaciones y territorios vecinos estaban marcadas principalmente por la necesidad de acceder a materias primas que no podían obtenerse de los recursos naturales del país, como así también interferir en las rutas comerciales, para  reencausar e intercambiar bienes en beneficio del Estado egipcio.

Las campañas que trascendían las fronteras implicaban la movilización de grandes recursos no sólo económicos, sino también humanos. Eran proezas que si se realizaban con éxito merecían el reconocimiento del rey, y el funcionario que las había llevado a cabo lo dejaba asentado en su biografía, como una hazaña cumplida para el monarca. Por ejemplo en la Biografía de Uni [4] puede leerse: “…Su majestad me envió a dirigir este ejército en cinco ocasiones, a fin de someter la tierra de los ‘Habitantes de las Arenas’, cada ves que ellos se rebelaron, con estas (mismas) tropas. Yo actué de acuerdo con aquello por lo que su majestad me alabó fuera de toda medida…” (Serrano Delgado, 1993, p. 170).

Uni como buen funcionario de la corona egipcia se jactaba de haber coordinado las fuerzas para atacar a los extranjeros provenientes de Nubia, de organizar una exitosa expedición hacia las canteras nubias para traer el sarcófago para su rey Merenra, entre otras actividades.

La importancia de un viaje al extranjero y su exitosa realización queda expresada en el cuento El Náufrago. En este relato se dibuja una imagen de cómo debieron ser la organización de las expediciones hacia el exterior, tripulaciones de hombres experimentados comandadas por altos jefes pertenecientes a la corona egipcia.

 La importancia del éxito es paralela a la recompensación que los miembros de la expedición- y en especial el capitán- obtendrán a su regreso a Egipto. ¿Cómo sino entender la profunda angustia que posee el comandante de El Náufrago?: “…Escúchame, capitán, (pues) soy alguien que no exagera. Lávate; vierte agua sobre tus dedos. Responde a lo que te pregunten; háblale al rey (con) el corazón en tu mano, responde sin titubear. El discurso del hombre es lo que le salva; su palabra provoca compasión hacia él…” (Galán, 1998, p. 35). La calidad en el uso de la buena palabra será lo que lo ayude a sobrellevar el momento en que se encuentre en la corte del faraón y deberá explicar los motivos de su fracaso, por los cuales teme ser castigado.

Por el contrario un regreso triunfal del exterior, con los objetivos comandados cumplidos y superadas las expectativas del monarca, permite lograr el ascenso de quienes han participado en ella. Es lo que le ocurre al Náufrago: “…Una expedición hacia la Residencia es lo que llevamos a cabo por el soberano. Llegamos a la Residencia al segundo mes, como ella había dicho. Yo me personé entonces antes el soberano y le presenté las mercancías que había traído de la isla. Él dio gracias a dios por mí delante de los magistrados de la tierra entera. Fui nombrado asistente y conseguí doscientos dependientes…” (Galán, 1998, p. 39).

¿Cuál era el mundo exterior que los egipcios frecuentaban? Uno de los centros geográficos y ecológicos sobres los cuales la monarquía puso toda su atención fue en la Baja como la Alta Nubia (Kemp, 1985, p. 159). En la región se encontraban las principales minas y canteras ubicadas tanto en el desierto oriental como occidental de las cuales se obtenía principalmente oro. Era éste un metal muy apreciado para el culto funerario, como bien santuario y de prestigio. Si bien a lo largo del Reino Antiguo- mejor atestiguado a partir de la dinastía VI – Egipto establece vitales relaciones con la región Nubia, será a partir del Reino Medio que la monarquía comenzará una mayor planificación en el dominio del territorio. (Kemp, 1985, pp. 151-177; Serrano Delgado, p. 174).

La región asiática es el otro polo con el cual Egipto mantuvo importantes contactos, nos referimos principalmente a la región de Siria-Palestina. Por ejemplo pueden datarse fehacientemente para la dinastía X conflictivas relaciones con el mundo asiático. Las Enseñanzas para Merikara [5] señalan al respecto: “…Construye, pues, fortalezas en el Delta. El nombre de un hombre no ha de empequeñecerse por lo que ha hecho, y una ciudad (bien) asentada ni recibirá daño. Construye pues fortalezas para ti, porque el enemigo ama la destrucción y las acciones miserables. El (soberano) Het, justo de voz, ya estableció en su enseñanza: ‘Aquel que permanece inmóvil ante el violento es uno que daña las ofrendas’…” (Serrano Delgado, 1993, p. 93). De todos modos se podría afirmar que “ya a comienzos de la dinastía I los egipcios realizaron un intento de conquista a gran escala en el Asia occidental” (Kemp,  1985, p. 179).

La Segunda Estela de Semneh [6] es una de las tantas estelas erigidas para marcar hasta donde llegaba el dominio egipcio sobre tierra extranjera. En ella puede leerse la importancia de establecer la frontera, controlarla y luchar a favor de ella: “…Además, con respecto a todo hijo mío que perpetúe esta frontera que ha establecido mi majestad, él es (verdaderamente) mi hijo, nacido para mi majestad. La imagen del buen hijo es (la de) un protector de su padre, que perpetúa la frontera del que lo ha engendrado. Pero con respecto al que pierda y no luche por ella, no es (verdaderamente) mi hijo, no habrá nacido ciertamente para mí. Mi majestad ha hecho además erigir una estatua de mi majestad en esta frontera que ha hecho mi majestad, para que vosotros triunféis en ella, para que vosotros luchéis por ella…” (Serrano Delgado, 1993, p. 174).

La frontera política se limitaba allí hasta donde llegaba el poder del faraón (Galán, 1998, p. 72), por lo cual esta era una línea móvil. Son frecuentes textos literarios- o estelas como la recientemente citada- en los cuales se menciona el establecimiento de murallas para marcar la frontera. Por ejemplo en la Primera Estela de Semneh establece en “…Frontera meridional hacha en el año 8 bajo la majestad del rey del Alto y  Bajo Egipto Khakaurá, dotado de vida por toda la eternidad y para siempre, para impedir que la atraviese ningún nubio hacia el norte, ya por tierra o por barco, así como cualquier ganado de los nubios, excepto el nubio que haya venido a comerciar a Iken o en calidad de emisario. Que se haga todo el bien (posible) con ellos, pero sin permitir que barco (alguno) de los nubios pase corriente abajo por Heh, para siempre…” (Serrano Delgado, 1993, p. 173).

En el caso de La Profecía de Neferty se menciona: “…Serán construidos los Muros del Príncipe- que viva próspero y sano- ya no se permitirá ya que los Asiáticos bajen a Egipto…” (Lefebvre, 1982, p. 120). Y en el cuento de Sinuhé se menciona también el establecimiento de murallas: “…Tomé dirección río abajo y alcancé las Murallas del gobernante (en Wadi Tumilat) construidas para detener a los nómadas, para aplastar a los que  rodean por las dunas…” (Galán, 1998, pp. 83-84).

 

 

Fuera de las fronteras egipcias

 

Con respecto a las relaciones con el mundo que se desarrollaba más allá de las fronteras egipcias deben diferenciarse dos tipos de interpretaciones. Por un lado las que representaban el territorio en sí mimo, la tierra de donde se obtenían las materias primas y se intercambian bienes. Por el otro las poblaciones que vivían dentro de ese territorio, con las cuales se establecieron relaciones más o menos conflictivas, más o menos dominantes según la época y los objetivos con los que se pautaban los contactos.

Que diferenciemos estos dos ejes de relación con el espacio exterior, no implica que entre ellos haya existido una separación tajante, por el contrario dentro del mundo pensado “persona” no siempre se diferenciaba de “territorio”, pero en la literatura del Reino Medio se nos han transmitido claras diferencias de percepción de lo “otro”, de lo que está fuera de Egipto con respecto al individuo y su territorio.

Con relación a las que hacen referencia al individuo (o grupos), transmiten una valorización negativa. Como se analizaba en el apartado anterior cuando el extranjero tiene la intención de entrar a tierra egipcia, éste configura como amenaza.  El “otro” es visto como ser inferior y carente de las costumbres de la alta cultura egipcia.  Pero en las bellas letras podemos vislumbrar una imagen más pacífica y solidaria de las relaciones con el extranjero, o si se quiere más matizada en este punto [7] . Siendo que el extranjero ayuda al egipcio a sobrevivir y adaptarse a espacios que no le son propios.

La conformación del esteriotipo de extranjero incluye también características como hombres violentos y propensos a influenciar sobre la ruptura del equilibrio social, natural y divino de la sociedad egipcia. En esta configuración se vislumbra una clara intención política por parte de la monarquía, pues es el rey quien puede mantener en su control y dominar a los extranjeros. Así la imagen del extranjero como latente elemento impulsador de caos, es utilizada por el Estado para generar territorio adentro dominio y cohesión social. Un ejemplo en este sentido lo es La Profecía de Neferty: “…¡Regocijaos, hombres de su tiempo! El hijo de un hombre (con aspiraciones) conseguirá renombre por toda la eternidad. Aquellos que estaban inclinados el mal y que meditaban acciones hostiles han callado sus bocas por miedo a él. Los Asiáticos caerán por afecto al terror que él inspira, los Timhu caerán ante su llama…” (Lefebvre, 1982, p. 120)

Por ejemplo en las Enseñanzas para Merikara “…Ojalá vea yo un bravo que lo copie, que supere lo que yo he hecho! Un heredero miserable sería mi desgracia. Además debe decirse esto acerca del extranjero; mira, el vil asiático es un miserable a causa del lugar en que se halla. Tiene problemas con el agua, dificultades con los árboles; sus caminos son múltiples y malos a causa de las montañas. No habita en un solo lugar… Combate desde los tiempos de Horus. No conquista, ni tampoco es conquistado. No anuncia el día del combate, como un ladrón que se precipita a los conspiradores… ” (Serrano Delgado, 1993, p. 93).

En el cuento de Sinuhé el protagonista es un alto funcionario de la dinastía XII que huye de Egipto cuando se entera de las intrigas palaciegas que llevaron a la muerte del faraón Amenenhat. Sinuhé perturbado y guiado por su corazón [8] emprende una huida de Egipto que le llevará más de treinta años regresar a su país de origen. Cuando logra regresar es recibido con todos los honores por la corte puede leerse: “…Salí del salón de audiencias, los príncipes dándome la mano. Marchamos juntos hacia las puertas y fui conducido hasta la casa de un súbdito real. Había allí distinciones, un baño y esponjas (?); había objetos preciosos de palacio, telas de lino real, mirra y los mejores ungüentos. En cada habitación estaban los oficiales del rey que él quería, y cada sirviente en su puesto. Se me quitaron años de encima, estaba afeitado (?) mi pelo peinado. Entregué mi atavío de extranjero y ropas de beduino, y me vestí con lino, me ungí con el mejor aceite, dormí sobre una cama. Di la arena a quienes vivían en ella, el aceite de palma a los que se untaban con él…” (Galán, 1998, p. 95).

Este pasaje expresa la reconexión de Sinuhé con la tierra egipcia y sus costumbres. Luego de vivir años en el extranjero y rodearse de hábitos que no le eran propios, el baño representa despojarse de ellas y retomar las buenas costumbres, como si fuera un “baño de purificación”. La metáfora es muy clara es ese sentido, el protagonista se despoja de sus antiguas ropas que caracterizan a los hombres del desierto para volver a sentir las fragancias y la suavidad de la vestimenta egipcia. Se establecen pares de opuestos de lo que significa ser egipcio y lo que no: ropas finas/ropas rústicas y ordinarias; dormir sobre una cama/dormir sin una cama; limpio/sucio; objetos preciosos/ objetos toscos.

La descripción del hombre extranjero- en principal referencia al hombre asiático- destaca sus malas costumbres y se contrapone a la imagen idealizada que la literatura transmite sobre las tierras en donde ellos vivían- el territorio en sí mismo- que siguen representaciones que se asemejan a la idea de un paraíso terrenal. Como analizábamos los egipcios mantenían continuos contactos con el mundo exterior en busca de las materias primas que su territorio carecía, su se asemeja al ideal de una tierra de abundancia.

 Las tierras extranjeras daban la posibilidad de acceder a recursos naturales, que crecían sin la necesidad de la intervención del hombre, es la tierra lo que maravilla por sí sola. En este sentido en el cuento El Náufrago cuando el protagonista llega accidentalmente a la isla este dice: “…Yo fui arrastrado a una isla por las olas del mar. Pasé tres días solo, mi corazón como único compañero; dormí en una choza de palos, abracé la sombra. Entonces, estiré las piernas para ver qué era lo que podría llevarme a la boca. Encontré higos y uvas, todo tipo de verduras y frutas, higos de sicomoro maduros y verdes, pepinos como si hubieran sido cultivados, peces y patos; no había nada que no hubiese en su interior. Me aprovisioné y (hasta) dejé en el suelo por ser demasiado sobre mis brazos…” (Galán, 1998, p. 36). Tal es la abundancia que está todo al alcance del Náufrago con tan solo estirar su mano.

En el relato la Serpiente tranquiliza al Náufrago anticipándole que una embarcación lo rescatará y podrá regresare a Egipto, el protagonista agradecido le promete las más suntuosas ofrendas que a un dios se le puede brindar. Pero la Serpiente ríe irónicamente, pues en su tierra todo es más que abundante, queda demostrado en todo aquello que el Náufrago se lleva de la Isla: “…Me ofreció un cargamento consistente en mirra, óleo- hekenu, perfume-iudeneb, especia-khesayt, especia-tishepes, pan shaas, pintura negra de ojos, colas de jirafas, grandes terrones de incienso, colmillos de marfil, perros lebreles, monos cercopitecos, bambinos, además de todo tipo de riquezas. Todo ello lo cargué en el barco….” (Serrano Delgado, 1993, pp. 263-264).

 

Lo cercano a Egipto

 

Algunos de los textos literarios del Reino Medio dirigen su mirada sobre el extranjero- hombres y territorio- como mucho más próximo al mundo egipcio. Al ser un espacio cercano el egipcio tiene la oportunidad de poder “progresar” en tierra extranjera, hacerse jefe de una población y su territorio. Asimismo lo cercano se evidencia en la amabilidad que los naturales de las tierras fuera de la frontera egipcia le brindan a los egipcios, ellos son los extranjeros. El buen trato se opone a otras visiones de intolerancia y violencia que son también representadas en la literatura.

A pesar de éstas posibilidades reales de progreso, sobre el individuo quedan atravesadas las diferencias de integración social y cultural que marcan lo que es ser y no ser egipcio. Las primero son las que refieren a las formas de acceso al poder, marcan una distinción sustancial con lo que ocurre dentro del territorio egipcio, la violencia es lo que prima en territorio extranjero, la distinción del dios lo que domina en Egipto. En segundo término el favoritismos del jefe de la tribu, con relación a la carrera política que hace el funcionario en Egipto. Todo hombre de Estado en primera y última instancia la lealtad política se la debe a su rey, al faraón que representa durante sus funciones.

En el cuento Sinuhé el protagonista emprende una huida, sin rumbo planeado cuando siente morir el se reanima al escuchar “…los balidos del ganado…” (Galán, 1998, p. 84), y al visualizar “…a los asiáticos…” (Galán, 1998, p. 84). El jefe de este grupo reconoce a Sinuhé como egipcio y le ofrece agua y leche para que recupere sus fuerzas y continúe su camino. En un momento de desesperación son los extranjeros los que salvan a Sinuhé, bien disímil esta imagen a la concepción de hombres violentos y sin buenas costumbres. Sinuhé reconoce positivamente ante el extranjero “…Todo lo que hicieron por mi fue bueno…” (Galán, 1998, p. 84).

Luego de vagar un año y medio por tierras de Sirio-Palestina Sinuhé se encuentra con el gobernador de Retenu, quien le asegura “…Serás feliz junto a mi escucharás el lenguaje de Egipto...”. El gobernador le brinda al protagonista lo mejor que tiene a su alcance para que pueda desarrollar en tierras extranjeras una buena vida. En más es porque Sinuhé [9] es egipcio que se le brindan todos los beneficios. Sinuhé al respecto relata “…Me puso a la cabeza de sus hijos, me casó con su hija mayor, me dejó que eligiera entre lo que había con él, en su tierra, haciendo frontera con otra. Era una buena tierra, se llamaba Iraru, no existía otra igual. Había higos en ella y uvas también; era más rica en vino que en agua. Su miel era abundante, su aceite cuantioso; todo tipo de frutas tenían sus  árboles. Había cebada allí y también escandia, los diversos tipos de ganado no tenían límite. Mucho fue lo que me llegó  por amor a mi, habiéndome nombrado  gobernante de una tribu entre las de su tierra…” (Galán, 1998, p. 87).

Es al gobernador de Retenu a quien Sinuhé le brinda su lealtad por permitirle vivir en tierras que no le son naturales, es en última instancia a quien le debe treinta años de vida. Para el funcionario egipcio la fidelidad siempre es hacia la corona. Puede leerse en esta perspectiva las Instrucciones de Lealtad [10] : “…Combatid por su nombre; respetad el juramento hecho por él. Absteneos de acciones malvadas. El partidario del rey será un bienaventurado. Pero no habrá tumba para el rebelde contra su majestad; su cuerpo será arrojado a las aguas. No pongáis obstáculos a las recompensas que da. Aclamad la Corona del Bajo Egipto, adorad la Corona Blanca. Honrad al que lleva la Doble Corona…” (Serrano Delgado, 1993, pp. 149-150).

Esto explica que Sinuhé no haya actuado en contra de Egipto por el contrario es un nexo que conecta a las Dos Tierras y demuestra que entre ellas pueden existir relaciones pacíficas. En la Residencia no sé había dudado de que el protagonista haya sido un elemento causante de los conflictos que rodearon la muerte del rey Amenenhat I y mucho menos que haya buscado enfrentarse desde el extranjero a la corona egipcia. Así se lo hace saber el propio faraón a Sinuhé: “Tu has recorrido tierras extranjeras, partiendo de Qedem a Retenu, una tierra entregándote a otra, bajo el dictamen de tu propia voluntad. ¿Qué has hecho para que se actúe contra ti? Tú no has conjurado, para que tus palabras fueran reprendidas; no se ha oído tu nombre mencionado, para que temieras represalias, no has intervenido en el consejo de oficiales de modo que tu discurso fuera reprimido. Esta idea se ha apoderado de tu corazón, sin que estuviera en el mío contra ti”. (Galán, 1998, pp. 90-91).

 En tierras extranjeras gracias a la protección de un jefe de tribu y con sus favores y preferencias Sinuhé accede a convertirse el mismo en jefe de sus tierras. La misma condolencia y protección es la que le brinda la Serpiente al Náufrago: “No temas, hombre. No palidezcas. Has llegado a mí…” (Galán, 1998, p. 37).

A pesar de los buenos recibimientos la diferencia entre Egipto y el extranjero reaparece nuevamente en el ámbito cultural. Fuera del territorio egipcio Sinuhé debe validar su poder por medio de la lucha. La violencia es la forma de acceso al poder que claramente aparecía expresado en las Enseñanzas para Merikara. Sinuhé concentró tanto poder que le fue disputado por un campeón de Retenu, retándolo a una pelea cuerpo a cuerpo, el victorioso ganaría las posesiones del otro. Sinuhé gana y dice “…Le derribé con mi hacha y, sobre su espalda, lancé un alarido mientras los cananeos chillaban… Me traje entonces sus pertenencias, capturé su ganado. Lo que había planeado hacerme se lo hice yo a él…” (Galán, 1998, pp. 88-89).

La violencia siempre se estableció como propiedad característica extranjera, que queda significativamente expresado en la Profecía de Neferty. Neferty era un hombre sabio que conoce el futuro. El sabio narra un periodo de confusión y trastorno social, político, religioso y cultural [11] . Si bien las causas parecen ser para el propio Neferty interna a Egipto, se dice del extranjero: “…Todas las cosas buenas se han ido y el país entero está asumido en la miseria, a causa del alimento que es tomado por los beduinos que recorren el país. Los enemigos han aparecido en el este, los asiáticos han descendido a Egipto. El palacio (?) estará en la miseria; nadie (lo) socorrerá; ningún protector escuchará (?)…” (Lefebvre, 1982, pp. 116-117). La Profecía de Neferty también recordaba un pasado caótico- quizás ambas narraciones refieren al Primer Periodo Intermedio- y dice al respecto de los extranjeros: “…Cada hombre lucha por su hermana y protege su pellejo, ¿Son nubios? Entonces protegeremos, pues son numerosos los combatientes para repeler a los arqueros ¿Son habitantes de Timehy?...” (Lefebvre, 1982, p. 120).

La violencia como medio de permanencia en el poder y conquista de propiedad se desconocen como formas políticas propias dentro del territorio egipcio. Las relaciones sociales y culturales que eran correctas fueron aquellas seguidas por la realeza, y la monarquía proseguía lo que la divinidad determinaba para ella misma. O por lo menos era la palabra del dios o del sabio lo que establecía el futuro y justificaba el presente. Las acciones quedaban sujetas a la voluntad del dios, a lo que la divinidad determinaba para el hombre común, para el Estado y para el mismo faraón. 

En Egipto es el dios el que determina quién gobernará las Dos Tierras como su hijo, principalmente concebido como “Hijo de Ra” (Quirke, 2003, p. 24-25)), no la violencia. En la Profecía de Neferty el sabio anticipa en el corte del rey “…Pero he aquí que surgirá del sur un rey, llamado Ameny, justificado. Es el hijo de una mujer de Ta-sety, es un hijo del Alto Egipto. Recibirá la corona blanca (del Alto Egipto) y llevará la corona roja (del Bajo Egipto); unirá las Dos Poderosas (coronas) y calmará a los dos señores con lo que ellos aman, en (su) puño…” (Lefebvre, 1982, p. 120).

Dentro de la literatura del Reino Medio el ejemplo más claro de determinación divina para acceder al poder quedó expresado en los dos últimos cuentos del Papiro Westcar. En el cuarto cuento como profecía el mago Djedi le anticipa al faraón Keops que nacerán tres niños hijos de Ra que serán reyes en Egipto. “…‘Es el mayor de los tres niños que está en el vientre de Reddjedet quien te lo ha de traer’ […]Es la mujer de un sacerdote de Ra, señor de Sakhebu, que está en cinta de tres hijos de Ra, señor de Sakhebu; y ñel ha dicho de ellos que ejercerán esta función bienhechora en el país entero, y que el mayor de ellos sería Grande de los Videntes… ” (Lefebvre, 1982, pp. 103-104). No hay violencia, sólo la decisión del dios que sus hijos serán quienes gobiernen las Dos Tierras.

La personalidad de Sinuhé sale a relucir en tierras extranjeras (Galán, 1998, p. 107), allí es donde el demuestra todas sus capacidades como jefe, como hombre solidarios. Pero es constante el deseo – siempre ineludible-  de regresar a Egipto para allí tener su tumba.

A pesar de las riquezas de la tierra, del poder acumulado, de las victorias obtenidas Sinuhé sentía su corazón sosegado. Sentía el cansancio de la vejez en su cuerpo y solamente anhelaba una cosa: volver Egipto para morir en su tierra de origen. Se pregunta “…¿Qué hay más importante que mi cuerpo sea enterrado en la tierra donde nací?...” (Galán, 1998, p. 89).

La estancia en tierras extranjeras es sentido por los protagonistas del cuento del Náufrago y Sinuhé como un castigo de los dioses. Para Sinuhé estar en Siria-Palestina es un castigo de dios. El hombre egipcio no tiene control sobre su propio destino, es el dios el que decide sobre el hombre, el corazón el que rige la voluntad (Galán, 1998, p. 115). En el relato puede leerse: “…Mi corazón se me salía del cuerpo y me condujo por el camino de la huida. No fui implicado, no s eme escupió. No se oyó ningún reproche, no se escuchó mi nombre en boca del heraldo. No sé que me trajo hasta esta tierra extranjera, fue como un designio de dios; como se ve un hombre del delta en Elefantina, un hombre de los cañaverales en Nubia…” Galán, 1998, pp. 84-85).

El Náufrago se ve atravesado en la misma situación que Sinuhé. El destino lo ha llevado a perderse solo en una isla. Ambos se asemejan en el deseo de morir en Egipto, ese destino también lo deciden los dioses. Cuando la Serpiente le anticipa al Náufrago “…Entonces un barco vendrá de (tu) hogar, cargado de marinos a los que tu conoces. Volverás con ellos al hogar, y morirás en tu ciudad. ¡Qué feliz es, en verdad, el que puede contar lo que ha experimentado, una vez que las calamidades han pasado!...” (Serrando Delgado, 1993, p. 263). Para el Náufrago las palabras mas importantes han sido conocidas, el sabe que a pasar de las circunstancias que está atravesando regresará a Egipto, y allí tendrá su tumba.

 La acción divina como determinación del destino del hombre es homologa tanto dentro del territorio de Egipto como en tierras extranjeras. Por lo general la estancia en tierras extranjeras por causas no deseadas por el individuo es vivido como un castigo del dios. Y prima el deseo de volver siempre a tierra egipcia, aquí prima la diferencia cultural que se desarrolla en cada territorio, pues en el extranjero no hay tumba en la cual el cuerpo pueda reposar para esperar la entrada a la vida en el Más Allá.

 

A modo de conclusión

 

A través del análisis de diversos textos literarios datados en el Reino Medio hemos podido analizar algunas de las miradas que los egipcios tuvieron de su mundo exterior, de aquello que se configuraba fuera de su frontera territorial. Los textos no se dirigen todos en el mismo sentido de armar sobre el extranjero una misma idea, sino que dependiendo la intencionalidad del texto escrito, del sentido y el argumento se vislumbran diferentes interpretaciones, algunas de las cuales aparecen como paradójicas.

 Se deduce de los textos literarios que la frontera era una línea móvil que delimitaba hasta donde llegaba el dominio interno de la monarquía. En un plano material el Estado egipcio construyó murallas (Sinuhé y La Profecía de Neferty) que buscaban frenar la entrada del extranjero al país. Principalmente era de los asiáticos que se quería impedir su paso. Cuando los textos literarios- y algunos también elaborados por la burocracia estatal- hacen referencia al extranjero que quiere entrar a tierra egipcia, se lo caracteriza como enemigo.

La realeza egipcia transmitía hacia la sociedad la idea de que el “otro” era un elemento siempre peligroso y a punto de asechar contra el buen orden interno de la sociedad egipcia (La Profecía de Neferty y Las Admoniciones de Ipuwer). Así se decía que eran gentes incultas, de baja cultura con costumbres desordenadas (Enseñanza para Merikara). Del extranjero solamente podía esperarse caos. La construcción de esta imagen proporcionaba a la monarquía una herramienta de propaganda política que la justificaba en el poder. Al visualizarse al extranjero que deseaba entrar en Egipto como elemento desequilibrante y propiciador del caos, el objetivo último de la realeza era garantizar la cohesión y el orden interno en las Dos Tierras, siendo ella la única que podía hacerlo (La Profecía de Neferty).

Si bien algunos textos apuntan a desacreditar la naturaleza cultural del extranjero, en otras se marca la buena voluntad y solidaridad que tienen con el egipcio cuando llega a sus tierras (Sinuhé y El Náufrago). Pero lo que más valorizan los textos literarios son las tierras en sí mismas, idealizándolas en semejanza a un paraíso terrenal (Sinuhé y El Náufrago). Eran muy comunes las expediciones en territorio extranjero en búsqueda de materias primas foráneas o para interceder en las rutas comerciales de diferente tipo de bienes. En si mismas ellas representaban aquellos bienes que la tierra egipcia no tenía, de ahí su valorización positiva.

Dentro del territorio extranjero el egipcio tenía posibilidad de dar a conocer su personalidad y desarrollarse como individuo (Sinuhé). Cuando se habla de diferencias entre el individuo egipcio y el otro, están marcadas sobre la base cultural que cada uno trae consigo. La diferencia más notable refiere a las formas que uno y otro accede al poder (Sinuhé; La Profecía de Neferty; los dos últimos cuentos del Papiro Westcar). Si en el extranjero predomina la violencia, en Egipto la predeterminación divina, tema que es argumento central de algunas narraciones literarias del Reino Medio. En ellas el rey legitima su presencia en el poder por ser elegido del dios, como hijo en los dos últimos cuentos del Papiro Westcar, como anuncio a futuro en la Profecía de Neferty

Hay una constante que se evidencia en las estancias en tierras extranjeras, ya sea las llegadas infortunas a tierras desconocidas (El Náufrago) o guiados por el corazón ante una contienda política (Sinuhé), siempre develan el deseo del egipcio de volver a su tierra. Si se sale de Egipto es con el fin de volver, especialmente el anhelo se dirige a ser enterrado en Egipto. Pero el destino del hombre no es controlado por él, sino son los dioses que deciden que ha de acontecerle. La decisión del dios lo llevó hasta tierras extranjeras y el dios lo sacará de la isla. Tanto para El Náufrago como para Sinuhé son cuentos con “final feliz” en este sentido. Ambos logran regresar a Egipto, construir una tumba para su vida en el Más Allá.

 

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[1] Las que en el trabajo analizamos son la Biografía de Uni o Enseñanza para Merikara, entran dentro de otro tipo de “género”, la primera vinculada a las biografías y la segunda al género sapiencial. Para un desarrollo de cómo caracterizar este tipo de fuentes ver Lefebvre  (1982, Introducción). Y las de un corte mucho más político-administrativo: Primera y Segunda Estela de Semneh.

[2] Nos referimos principalmente a Las Admoniciones de Ipuwer, la Profecía de Neferty y El Diálogo de un Hombre con su Ba.

[3] Assmann (1995, pp. 28-46; 2005, pp. 133-143) principalmente lo analiza para el caso de la Profecía de Neferty considerando con relación a ella que “da al recuerdo la forma con la que el Imperio Medio mirará en lo sucesivo hacia el Primer Periodo Intermedio…” (Assmann, 1995, p. 36). Éste sentido como caótico y trastocado es sobre la base en que le dinastía XII construirá su legitimación en el poder. Es el estado por ella comandado- y sólo por ella- el que puede garantizar que esas fuerzas caóticas recordadas no se volverán a vivir en Egipto.

[4] El texto fue elaborado durante la dinastía VI. Uni fue  funcionario del Estado egipcio durante el reinado de tres monarcas de la dinastía VI- Teti, Pepi I y Merenra.

[5] Las Enseñanzas para Merikara están conservadas en tres papiros del Reino Medio, pero claramente podrían datarse a finales de la dinastía XI o comienzos de la XII, a pesar que la composición original debe pensarse para los últimos reyes de la dinastía X. (Serrano Delgado, 1993, p. 90).

[6] Tanto la Primera como la Segunda Estela de Semneh son estelas fronterizas erigidas en Nubia por el farón Sesostris III, dinastía XII.

[7] Con relación a la diferencia cultural que separa a un egipcio de un extranjero hay que prestar atención sobre que tipo de fuente estamos teniendo a consideración, siendo que las producidas por la burocracia estatal- en soportes en piedra en grandes monumentos o estelas- son las que mas tienden a presentar al hombre que habita las tierras extranjeras (por ejemplo las Enseñanzas para Merikara) como un ser inculto. 

 

[8] Nota al pie sobre la importancia o significado del destino que implica que haya sido guiado por si corazón. Acá citar el texto. Está en Galán.

[9] El protagonista resalta que el gobernador reconoció que anteriormente él había estado en esas tierras enviado por la corona.

[10] El conjunto de textos conocidos como las Instrucciones de lealtad se han encontrado todos en forma parcial. Si bien algunas copias pueden datarse para el reinado de Amenenhat III, Reino Medio y otras- en su mayoría- para el época del Imperio Nuevo, el personaje que en ella aparece sería quizás un visir de la primera mitad de la dinastía XII (Serrano Delgado, 1993, p. 150).

[11] Veáse nota 2.

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