FRONTERAS FRÁGILES.

Conflicto post-electoral en un Estado  heterogéneo.

Cabo Delgado, Mozambique (2000-2005) [1]

 

Nicolás Fernández Bravo.

Universidad de Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

Encheram a terra de fronteiras, carregaram o céu de bandeiras.

Mas só há duas nações: a dos vivos, e a dos mortos.

-           Juca Sabão

 

 

 

 

 

 

Introducción.

 

En este trabajo me referiré a los alcances y limitaciones de las transformaciones del campo político, a partir del análisis de la conflictiva aceptación de los resultados de las elecciones presidenciales y legislativas en Mozambique. Argumentaré que en las particulares circunstancias del mundo poscolonial contemporáneo, es necesario repensar tanto la noción de frontera (en tanto delimitador étnico, cultural y político), como la utilidad de las teorías en las que se asienta actualmente la gobernabilidad regional. A tal efecto me detendré en el análisis de la idea de sociedad civil, cuyos contornos parecen marcar, en la actualidad, las fronteras de lo político. La centralidad de la idea de sociedad civil es aceptada en la actualidad por africanos y africanistas y aunque el debate sobre su significado no es incipiente (Bayart, 1986; Mamdani, 1996; Comaroff y Comaroff, 1999, Chatterjee, 2008) es del todo necesario actualizar en un momento signado por el afro-pesimismo. Primeramente abordaré algunos aspectos históricos que dieron forma al Estado en Mozambique, para detenerme luego en el análisis de las revueltas sociales que se sucedieron con posterioridad a la celebración de las elecciones presidenciales y legislativas de 1999 y 2004. La perspectiva etnográfica empleada me permitirá cuestionar la idea de sociedad civil que actualmente domina la escena política y su relevancia como “garante” de la gobernabilidad democrática, sin dejar de lado la necesidad de formular preguntas sobre el campo en donde se manifiestan las transformaciones políticas contemporáneas.

Para definir el espacio analítico de lo político, consideraré la noción de campo propuesta por Bourdieu (2001), toda vez que los límites de este campo están dados por las posiciones que los actores ocupan en un entramado de relaciones sociales. A su vez, consideraré la idea de los géneros confusos propuesta por Geertz (1994), para referirme al enfoque disciplinar que guía mi análisis. Si bien las fuentes y el método se ubican entre la historia y la antropología, la problemática en cuestión también ha sido abordada por la ciencia política y – en un sentido amplio – por los estudios africanos. No obstante, es pertinente señalar que este campo disciplinar tiene un desarrollo específico marginal en la Argentina, y mis fuentes provienen tanto de la literatura especializada, como de mi propio trabajo de campo.

 

 

Mozambique: las vicisitudes de una poscolonia oscilante.

 

Como resultado de la reforma constitucional de 1990, se llevaron a cabo hasta la actualidad cinco procesos electorales, tres de ellos para la elección de presidente de la república y diputados, y dos de ellos con un alcance limitado, para la elección de autoridades municipales [2] . El resultado de estos procesos electorales ha sido el fortalecimiento del aparato político del partido Frelimo en las estructuras del Estado, la disgregación de otras fuerzas partidarias, las cuales conformaron alianzas y uniones electorales, y la emergencia de la categoría “democracia” acompañada por un conjunto de discursos y prácticas asociadas a la “buena gobernabilidad” (Mazula, 2003).

En este contexto, la consolidación del proceso de paz se encuentra por fuera de todo cuestionamiento (Costy, 2003). Resultado de los acuerdos firmados en 1992 entre los contendientes de la lucha armada, y sustentado en una población exhausta y al borde del colapso, la “paz” se ha convertido en un símbolo de cuya construcción reclaman haber participado todos los mozambiqueños. En cierto modo, la conquista de la paz ha sido el resultado de un consenso extendido entre partidos políticos, grupos armados, la sociedad y un conjunto diverso de intereses internacionales. Pero fundamentalmente ha contado con el apoyo mayoritario de la población rural, conocedora de los perjuicios materiales y traumas psico-sociales [3] de la guerra. La paz pasó de ser un objeto delicado a un orgullo nacional en disputa.

No obstante, los procesos electorales han sido manipulados recurrentemente para reavivar los fantasmas de la violencia y la guerra. El partido en el poder [4] ha sabido construir una propaganda de “partido de la paz”, sin el cual el retorno a la guerra sería una posibilidad real. Por su parte, la oposición [5] encarnó el discurso de la defensa de la legitimidad del sistema democrático, cuestionando los resultados electorales. Junto a los reclamos legales presentados ante el Tribunal Supremo y el Consejo Constitucional, se registraron movilizaciones en distintas regiones del país. En circunstancias diferentes, dos manifestaciones violentas fueron consecuencia de estas protestas, dejando como saldo un número indeterminado de víctimas. Los acontecimientos a los que me referiré más adelante se desarrollaron en el norte del país: el primero en noviembre de 2000, en el distrito de Montepuez (al interior del planalto Makonde), y el segundo en Septiembre de 2005, en el distrito de Mocímboa da Praia (sobre la costa del océano Índico). Ambos necesitan ser contextualizados en el marco del proceso de consolidación de una democracia liberal fuertemente condicionada por las agencias de financiamiento multilateral.

Una interpretación de estos acontecimientos permitirá fortalecer mi análisis para demostrar, siguiendo la sugerente propuesta de Mamdani, que existe una especificidad histórica “bifurcada” en las formas del poder en África (Mamdani, 1996). Esta especificidad, como veremos, no fue del todo transformada con la independencia. Sobre esta matriz bifurcada se asienta en la actualidad un Estado heterogéneo, del cual participa activamente la comunidad internacional [6] . La continuidad en las formas del poder a la que me referiré, está dada por la persistencia de las instituciones creadas por el Estado colonial, las cuales no pudieron ser desmanteladas por completo incluso en (o precisamente por) los Estados que optaron por cambios radicales después de la independencia, como lo es el caso de Mozambique. Trataré de demostrar que aquello que subyace a la expresión violenta de la política no es tanto una protesta cívica genuina (como podría ser una movilización en defensa de reivindicaciones colectivas), sino que, por el contrario, se trata de una manifestación de despotismo que manipula y apela al lenguaje tribalista [7] para convocar adhesiones locales y repercusión internacional (Amselle, J, 1985).

Una relectura de los trabajos de Boaventura de Sousa Santos me permitirá sugerir que en la actualidad, el Estado bifurcado sugerido por Mamdani como forma genérica del Estado poscolonial en África, “persiste” en su bifurcación, si bien es necesario referirnos a bifurcaciones múltiples, en la que se superponen trayectorias político culturales en concurrencia. El pluralismo jurídico y legal analizado por distintos autores entre finales de los años 90 y mediados del 2000 [8] , servirá de referencia al momento de interpretar el campo político, toda vez que la resolución de conflictos políticos supone una instancia jurídica.

 

 

 

 

La teoría del Estado poscolonial en África: del Estado bifurcado al Estado heterogéneo.

 

Hablar sobre el Estado africano es en sí un riesgo que la antropología ha sabido cuestionar a partir de la crítica generada hacia la etnografía clásica, cuyos orígenes podemos rastrear en los trabajos clásicos de Max Gluckman y Georges Balandier. Semejante generalización presupone que, por estar en un mismo continente, las prácticas sociales y políticas de los diferentes países tienen más en común entre sí, que con otros países de otros continentes (De Sousa Santos, 2003). No es errado afirmar que la experiencia histórica del colonialismo europeo dejó una impronta particular en todos los países africanos (Mamdani, 1996), pero no es menos cierto que las administraciones coloniales tuvieron que recurrir a modelos y a variaciones creativas en todos los ámbitos de la vida social, especialmente al interior de territorios extensos sujetos a una misma administración. Por tal motivo, las teorías que someteré a consideración, han sido adaptadas a la especificidad del Estado y la sociedad en Mozambique, abstracción que, si bien comparte algunas características genéricas con otras sociedades sujetas a la dominación colonial, también comprende especificidades históricas y regionales particulares.

La tesis del Estado bifurcado desarrollada por Mamdani a mediados de la década del 90, vino a superar lo que él mismo llamó la “parálisis de perspectivas” en los abordajes de africanistas de izquierda y derecha, o – para apelar a conceptos que explican mejor tales categorías – entre modernistas y comunitaristas. Para Mamdani, el Estado colonial es una estructura histórica que en todas partes llegó a compartir ciertos rasgos fundamentales, centrados en el “problema de la población nativa”. Tal como lo entendieron los administradores de la colonia, las opciones para la administración de esta población se limitaron a dos estrategias típicas, llamadas oportunamente gobierno directo y gobierno indirecto. La eficacia del gobierno indirecto (que en la práctica combinó complementariamente ambas estrategias para el control de la población), radicó en el desarrollo de instituciones segregadas para ciudadanos y súbditos, las unas regidas por el lenguaje de los derechos civiles y las otras regidas por el lenguaje de la cultura tradicional. Esta fórmula, ideada emblemáticamente por lord Lugard en Uganda y Nigeria, rápidamente se expandió por todo el continente, con variaciones y adaptaciones locales [9] . No obstante, la característica determinante de este poder dual organizado de manera diferente en las zonas rurales que en las urbanas, fue que remitía, en última instancia, a una sola autoridad: el Estado colonial.

El aspecto novedoso del abordaje de Mamdani sobre el gobierno indirecto no radica tanto en el señalamiento de las autoridades consuetudinarias como una creación [10] colonial, sino en detener su análisis en la dimensión institucional que generó esta segregación. De este modo, es posible explicar cómo las instituciones del Estado colonial, que pudieron haber sido reformadas durante la fase de la independencia, terminaron por persistir en la actualidad apenas transformadas. No obstante, algo cambió: el color del poder. Mamdani llama acertadamente desracialización a este cambio, si bien su forma se mantuvo fundamentalmente intacta o, como veremos a continuación, desarrolló una peculiar forma de adaptación en resistencia. Las instituciones creadas y mantenidas – caracterizadas como el “despotismo descentralizado” – se encarnaron en las figuras de autoridades tradicionales, jefes tribales, líderes religiosos y una amplia gama de figuras con poder local [11] . En el momento en que la administración optó por definir el campo de lo consuetudinario, existían en verdad varias “tradiciones”, y no una sola. La autoridad colonial optó por privilegiar (consuetudinarizar) a aquellas autoridades que en muchos casos tenían menos profundidad histórica y presentaban estilos monárquicos, autoritarios y patriarcales en el ejercicio del poder, los cuales se entrelazaban funcionalmente con las prácticas políticas de principios del siglo XX.

El trabajo de Mamdani aborda con una erudición ejemplar la formación histórica de este campo del poder, señalando las dificultades que actualmente conlleva para una democratización sólida de la sociedad y el Estado en África. Si bien este análisis significa un aporte notable al estudio de las formas del poder y la resistencia en África contemporánea, también ha sido objeto de algunos señalamientos que pretendo incorporar de cara al problema que nos ocupa. En una serie de investigaciones recientes coordinadas por de Sousa Santos, se cuestiona el grado de generalización al que se puede llevar la propuesta del Estado bifurcado. Aunque Mamdani es conciente del alcance y las limitaciones de su investigación, la cual se remite a una amplia gama de situaciones empíricas surgidas fundamentalmente de su trabajo de campo en Sudáfrica y Uganda, sus aspiraciones son, por llamarlo de algún modo, “continentales”.

De Sousa Santos propone un paradigma más complejo para pensar específicamente la forma del Estado mozambiqueño, a partir de un ambicioso estudio comparado de los sistemas jurídicos vigentes en la actualidad. Así llega a una aproximación que es complementaria y a su vez superadora de la propuesta por Mamdani, la cual favorece mi análisis de la actual complejidad poscolonial en Mozambique. De Sousa Santos apela a una metáfora que es común en la arqueología para referirse a situaciones en las que un mismo sedimento incluye objetos y residuos de diferentes períodos, haciendo que resulte difícil una datación exacta: caracteriza a las culturas políticas y legales de Mozambique como un palimpsesto. El palimpsesto es la idea motora de su concepto de Estado heterogéneo, el cual se vio fuertemente comprimido debido a la forma en que la presión globalizadora ha impactado en Mozambique.

            La sociedad mozambiqueña experimentó, en el curso de los últimos 35 años, una serie de transformaciones radicales, cuyos aspectos más salientes pueden ser caracterizados por las trayectorias político-culturales [12] desarrolladas en los siguientes momentos: (a) la culminación de a administración colonial portuguesa, cuya última fase fue particularmente violenta y tuvo como contra-cara una no menos violenta lucha de liberación nacional, hasta 1975, (b) una ruptura o liberación revolucionaria cuyo objetivo era construir una nación territorialmente cohesionada, una sociedad socialista y un “nuevo hombre”, entre 1975 y 1984, (c) una recurrente penetración bélica conducida desde la vecina Rhodesia y apoyada por el régimen del apartheid en Sudáfrica, en respuesta a la solidaridad ofrecida por Mozambique a los movimientos de liberación nacional en la región, desde finales de los 70s hasta principios de los 80s, (d) la guerra interna, desde 1976 hasta 1992), (e) el colapso del modelo económico de la revolución y su abrupto reemplazo, bajo presión internacional, por un modelo neoliberal, que introdujo un fuerte ajuste estructural y la consecuente transición democrática (1985 – 1994) y por último el actual momento, (f) la construcción de una “democracia”, desde 1994. Es posible preguntarse si, desde 2004, podemos referirnos a un nuevo momento, en el cual una convergencia de tradiciones está impulsando la prevalencia de otras trayectorias, instituciones, prácticas y formas del poder seleccionadas en función de una nueva coyuntura. De este modo, defino cinco trayectorias que se conjugan y entremezclan en las prácticas institucionales y quasi-institucionales de funcionarios del gobierno, autoridades tradicionales, cooperantes, voluntarios y funcionarios de agencias internacionales y ciudadanos o personas con aspiraciones de acceso a la ciudadanía. Estas trayectorias son:

·         La tradicional – colonial

·         La socialista – revolucionaria

·         La militarista.

·         La burocrático – partidaria.

·         La liberal – democrática

De Sousa Santos señala acertadamente que los cambios en la historia reciente de Mozambique, se dieron con continuidad y en coexistencia con los elementos que – se proclamaba – estaban siendo abolidos, dando como resultado instituciones híbridas y en cierto modo contradictorias. Algunos cambios y persistencias fueron producto de decisiones políticas, como fue el caso de las estructuras sociales existentes entre los campesinos, identificadas genéricamente por el gobierno socialista como “feudales” y “oscurantistas [13] . Por su parte otros elementos se transformaron y continuaron repartidos desigualmente en un territorio extenso y sujeto a un desigual control central, como lo fueron algunas autoridades tradicionales que fueron reemplazadas, pero cuyas prácticas institucionales continuaron ejercidas por de Grupos Dinamizadores [14] . Es así que los aspectos de mayor profundidad histórica, como lo son las instituciones generadas por la trayectoria tradicional-colonial, se han imbricado progresivamente en estructuras de reciente aparición, como lo son las generadas por las trayectorias socialista y democrática. En la actualidad, las autoridades tradicionales se benefician del diseño e implementación de proyectos de cooperación internacional con tecnologías de última generación desarrollados por agencias de ayuda humanitaria, y funcionarios del gobierno establecen negocios de sorprendente rentabilidad con empresarios sudafricanos y portugueses, sin que por ello sean percibidas en modo alguno como contradictorias.

No obstante, distintos autores están de acuerdo en afirmar que es la trayectoria tradicional-colonial la que presenta mayor persistencia, si bien ha sido la que – paradójicamente – fuera objeto de acciones directamente orientadas a su desmantelamiento radical. Su persistencia es notable en distintos aspectos, dentro los cuales la organización de la administración pública y el lenguaje burocrático jerarquizado no es menos relevante que los hábitos y mentalidades, y el comportamiento hacia y representaciones sobre los otros (Bragança y Depelchin, 1986;  Monteiro, 1999; De Sousa Santos, 2003). El conjunto de instituciones que habitualmente se llaman “tradicionales”, las cuales precisamente por ser tradicionales no están escritas formalmente en ningún código, han persistido en base a su adaptación.

En su análisis sobre el funcionamiento de las justicias en Mozambique, De Sousa Santos explica que existe una confusa hibridación entre el sistema oficial (representado por los distintos niveles del sistema compuesto por el Tribunal Supremo, los Tribunales Provinciales y los Tribunales de distrito), y el sistema no-oficial (compuesto por los Tribunales comunitarios, las Autoridades tradicionales en ejercicio de formas de administración de la justicia y resolución de conflictos, y otros mecanismos de naturaleza fundamentalmente religiosa). Los resultados del estudio del funcionamiento de las justicias en Mozambique indican que en la práctica, más del 80% de los litigios se resuelven en el ámbito comunitario con distintos grados de eficacia, en el marco de mecanismos híbridos (tradicionales) reconocidos sólo parcialmente por el Estado.

Este pluralismo legal es el que le permite a De Sousa Santos construir su noción de Estado heterogéneo. Un aporte central para caracterizarlo de tal modo radica en que se encuentra atravesado por imposiciones de orden global, que le otorgan una complejidad no ya bidimensional – como las bifurcaciones que señalaba Mamdani – si no al menos pluri-dimensional, con tres claros niveles: el local, en nacional y el internacional, nivel que a su vez también participa de lógicas contradictorias y superpuestas. Es sobre la base de esta teoría compleja de la forma del Estado poscolonial – y trazando un puente desde el pluralismo jurídico al pluralismo político – que interpretaré los acontecimientos que se desarrollaron después de sendos procesos electorales.

 

Los dilemas de la democracia liberal. Cabo Delgado, 2000 – 2005.

 

Dos revueltas violentas servirán para desarrollar mi hipótesis, según la cual afirmo que la violencia política que siguió a las elecciones de 1999 y 2004 – la cual tuvo un cariz manipulado étnicamente por los sectores cuyas trayectorias político culturales se encuentran más profundamente asentadas – estuvieron enmarcadas por el confuso discurso actual sobre la sociedad civil. Las lógicas subyacentes a los acontecimientos a los que me referiré, pudieron ser reconstruidas sobre la base de entrevistas a algunos actores directamente involucrados, la prensa, y el informe del Observatório Eleitoral [15] . Parte del trabajo de campo fue realizado tanto antes, como después de ambos sucesos, aunque no durante.

La provincia de Cabo Delgado, en el extremo norte del país, constituye un territorio de relevancia para la historia contemporánea mozambiqueña, dado que fue en Mueda, al interior de dicha provincia, donde comenzaron las primeras revueltas anticoloniales en la década del 60 (Hedges y Chilundo, 1999; Newitt, 1997). Desde entonces, la provincia es percibida como un bastión del Frelimo, percepción que se vio reflejada en una sustancial diferencia en los votos en todas las elecciones desde 1994 [16] . El posicionamiento geográfico, por su parte, contribuye a crear una sensación de continuidad fragmentada, dado que en las restantes provincias del centro-norte (Nampula, Niassa Zambézia y Sofala), el partido de la oposición ha demostrado tener sus fuentes principales de apoyo político y caudal electoral. La provincia de Cabo Delgado es percibida por algunos líderes políticos, como un obstáculo en la conformación de un bloque con continuidad territorial, sobre el cual opera un argumento étnico que explicaría su “disidencia”.

El 9 de noviembre de 2000, poco antes de transcurrir un año de las segundas elecciones presidenciales y legislativas, una noticia impactante recorrió Mozambique: más de 20 personas habían muerto como consecuencia de enfrentamientos con la policía en la localidad de Montepuez, provincia de Cabo Delgado [17] . El número total de muertos trepó a más de 100 unos días más tarde, cuando cerca de 75 personas murieron de asfixia en la cárcel de la misma localidad [18] . Las acciones se habían desarrollado luego de una larga campaña de desobediencia impulsada por su líder, Afonso Dhlakama, en distintas provincias del país y como forma de protesta por los resultados de las elecciones de diciembre de 1999 [19] . Las campañas de movilización se desarrollaron fundamentalmente en las provincias norteñas, en donde la población ha sido históricamente más favorable a la Renamo. Habitualmente convocadas por figuras tradicionales y líderes religiosos, los discursos generados en las movilizaciones apelaron a contenidos tribalistas, incitando a la polarización regional entre el centro-norte del país y el sur. Los acontecimientos de Montepuez fueron los mayores actos de violencia colectiva luego de la firma del AGP y fueron percibidos como una amenaza real a la paz.

Estos acontecimientos estuvieron revestidos de no poca confusión. En su momento indicaron tanto que miembros de la Renamo habían “invadido Montepuez con armas, con el objeto de perturbar instituciones públicas y privadas” (entrevista a un alto dirigente del partido Frelimo), como que “la policía [bajo las órdenes del gobierno Nacional] había empezado a disparar hacia un grupo de manifestantes para dispersarlos y evitar así que más gente se le uniera” (Mbilana, 2003).

Si bien es difícil establecer con exactitud los detalles los enfrentamientos, lo cierto es que más de 100 personas murieron por distintos motivos, y que una importante cantidad simpatizaba con la Renamo. A su vez, las facciones más violentas de ambos partidos, encarnadas en la policía local y en las autoridades tradicionales locales que colaboraron en la movilización de los simpatizantes, habrían contribuido para exacerbar a las bases, de modo tal de precipitar acontecimientos violentos y procurar obtener alguna forma de rédito político (Mazula y Mbilana: 2003).

Poco más de cinco años más tarde, y como consecuencia de la muerte natural del edil local, la Comisión Nacional de Elecciones llamó a elecciones municipales en el distrito de Mocímboa de Praia, en Mayo de 2005. El resultado de las elecciones dio una victoria del 52% de los votos para el candidato del Frelimo, pero la oposición objetó los resultados. Desde entonces se sucedieron manifestaciones como protesta de lo que se calificó como “fraude electoral” [20] . Estas protestas, al igual que en Montepuez, terminaron en enfrentamientos violentos entre manifestantes del Frelimo y la Renamo los días 5 y 6 de Septiembre del mismo año, dejando un saldo de 12 muertos y no menos de 50 heridos.

Nuevamente, la lectura de los acontecimientos es confusa. Mientras que algunos líderes locales describieron el enfrentamiento en términos étnicos, afirmando que “los macondes estaban armados con zagaias y flechas y estaban atacando con catanas a nuestras personas, destruyendo nuestras casas y nuestras mezquitas, quemándolas sin que la policía interviniese”, y que “el Frelimo dio ordenes a los macondes para que agrediesen a los militantes de la Renamo [21] , el informe ofrecido por el Observarório Eleitoral describió un escenario de mayor complejidad, en el que se resaltan antecedentes remotos y causas inmediatas, asociados a aspectos de mayor profundidad en términos religiosos, históricos, políticos y étnicos [22] . Estos datos dificultan establecer relaciones causales lineales. No obstante, distintos informantes afirmaron que desde finales de Abril, grupos de simpatizantes de los dos partidos, oriundas de municipios y localidades vecinas, comenzaron a llegar a la aldea creando un “ambiente social tenso”. Según una fuente local, el 5 de septiembre “vimos en casa de nuestro vecino, personas que estaban afilando sus machetes, diciendo ‘mañana es el día’ ” (informante local).

 

Estos dos acontecimientos, leídos en el contexto global de la violencia política manipulada étnicamente, pueden resultar poco relevantes tanto por el número de muertes como por su tendencia decreciente, en el marco de un proceso de paz consolidado. No obstante, plantean interrogantes sobre las instituciones que dieron curso a los mismos, su anclaje histórico, el rol de los distintos actores sociales y – en última instancia – la teoría política sobre la que se asienta el proceso de democratización actualmente en curso en Mozambique. Los resortes de esta manipulación, como pretendo demostrar, aún se encuentran asentados en las estructuras del poder local, el cual – lejos de haberse reformado – detenta el monopolio de la fuerza y “la cultura” y reproduce, en un contexto heterogéneo, la lógica bifurcada del Estado colonial.

Un aspecto común que manifestaron algunas personas entrevistadas por el Observatório Eleitoral es que, si bien el factor detonante fue la coyuntura post-electoral, la misma fue construida sobre la base de antagonismos complejos que se remontan en el tiempo. La ubicación de esta temporalidad difusa o “tradicional” no es otra sino la construcción del tiempo y el espacio que la administración colonial contribuyó decisivamente a cristalizar. Este tiempo presenta una dimensión religiosa y una política, la primera operando conjuntamente con el prisma étnico, y la segunda junto a la historia reciente.

La dimensión religiosa traduce en la actualidad las rivalidades en términos de la “dificultad de cohabitación entre musulmanes y cristianos” (Mbilana, 2003). La adhesión a estas religiones, a su vez, es vista en función de la adscripción étnica, estando las personas de la etnia xi-makonde asociadas a la religión cristiana, y las personas de la etnia mwani, asociadas a la religión musulmana. Este factor religioso, a su vez, fortalece la polarización sobre la base de una distribución zonal del territorio en función de la etnia, y consecuentemente, la religión. Tal como expresó un informante, “los musulmanes no aceptan la construcción de iglesias en sus barrios; como resultado de esto, mi iglesia fue impedida de ser construída en el barrio Milamba” Por último, la prohibición del casamiento entre personas que se reconocen como pertenecientes a distintos grupos étnicos, prohibición que también opera sobre fundamentos religiosos y que se remonta a una reglamentación colonial aún legitimada en la práctica por las autoridades tradicionales, contribuye al trazado de un mapa de divisiones poblacionales homogéneas en términos étnicos y religiosos.

A su vez, la historia reciente es vista y difundida popularmente a partir del activo involucramiento que los xi-makondes tuvieron durante la lucha de liberación de la dominación colonial portuguesa, en contraste con la versión según la cual los mwani mantuvieron una relación de colaboración con la administración colonial. Este antagonismo sobre la interpretación de los acontecimientos históricos, se actualiza sobre la base de la distribución discreta de cargos políticos y administrativos de relevancia, los cuales se encuentran ocupados mayoritariamente por personas que se definen y son percibidas como xi-maknodes.

            Junto a estas dimensiones étnico-religiosas e histórico-políticas, también surgieron motivaciones coyunturales ligadas al uso y distribución de la tierra y a la posibilidad de establecer “alianzas inteligentes” con agencias de cooperación internacional. En la actualidad, el acceso a puestos de empleo en el sector público no constituye en sí un privilegio, sino que lo es en función de las conexiones que se pueden establecer con ONGs y organismos internacionales, los cuales son una de las pocas fuentes seguras para el ingreso de dinero efectivo, en efectivo. Así, ciertas agencias de cooperación trabajan en determinados barrios y zonas, y con algunas religiones y grupos étnicos, mientras que otras lo hacen con otros actores, contribuyendo aún más a la fragmentación social. Esta disputa de recursos generó una fuerte conflictividad en momentos electorales, en la que el acceso a los puestos de decisión es vista como un campo de batalla.

El resultado concreto de esta serie de antagonismos es que en la actualidad, la población se encuentra polarizada y manifiesta su adherencia completa a uno u otro partido político. Incluso si los matices pueden atenuar la homogeneidad de estas divisiones, no alcanzan para explicar la lógica subyacente a la violencia. Estos antagonismos, lejos de confundirse con la retórica de la unidad nacional y la construcción de un nuevo hombre proclamado por la trayectoria socialista-revolucionaria, fueron aprovechados para la construcción de poder por parte de los liderazgos locales. La organización rígida de las estructuras locales de los partidos políticos y sus “jefes”, evocan un tanto anacrónicamente, a los mecanismos de control empleados durante la colonia, los cuales tuvieron como principal objetivo disciplinar a la población y “ordenar” a la sociedad.

 

La sociedad civil como garante de la democracia.

 

Llegados a este punto, resulta necesario cuestionar los alcances del proceso de transformación actualmente en curso, y las perspectivas futuras de la democracia liberal en Mozambique. La teoría política sobre la que se asienta el proceso presenta continuidades de asombroso paralelismo con los tiempos de la colonia [23] . Sin embargo, la retórica modernizadora – tanto desde la izquierda como desde la derecha – fue legitimada sobre la base de cambios y transformaciones profundas. Uno de los elementos centrales en los que se basa la perspectiva liberal sobre la democratización en Mozambique, está dado por el rol que la “sociedad civil” debe tener como fuerza reformadora en el desarrollo y la economía, y como articuladora de conflictos como los de la violencia postelectoral.

Según mi análisis, este rol se encuentra viciado desde el principio. La noción de sociedad civil a la que apela la democracia liberal es un constructo abstracto, cuya especificidad histórica parece haber sido desarrollada de un modo más programático que analítico (Mamdani, 1996). Esta idea presenta al menos dos problemas, uno de orden conceptual y el otro de implicancias prácticas. ¿Qué se supone que es la “sociedad civil” en África? ¿Cómo debería operar en la práctica, y cuáles serían sus alcances y limitaciones?

Los debates recientes sobre la sociedad civil, surgieron a instancias de las transformaciones de Europa del Este en la década del 80, y su relación con las dinámicas políticas africanas es, en cierto modo, el resultado de su diseminación a partir de las agencias de gobernabilidad global (Comaroff y Comaroff, 1999; Negrão, 2003), y sus ramificaciones operativas a nivel local. Los críticos actuales de la sociedad civil se detienen en tres aspectos señalados por sus teóricos modernos. En primera instancia, en que la idea de sociedad civil desarrollada por Hegel en el siglo XIX – entendida como el territorio de mediación entre la familia y el Estado [24] - deja un amplio margen de ambigüedad [25] . Este carácter ambiguo, sin embargo, fue abrazado con extraordinario entusiasmo por muchos africanos y estudiosos de la política africana. Los Comaroff analizan porqué ciertas características del libre cambio imperantes en el siglo XIX, se reproducen en el actual contexto del capitalismo neoliberal, permitiendo que la extrapolación de la Idea de sociedad civil hegeliana se realice con cierta licencia cuando se considera para escenarios africanos [26] . Para Marx, por su parte, la sociedad civil es el conjunto de relaciones incrustadas en el mercado, siendo su agente determinante, la burguesía. Esta aproximación “clásica” también encuentra una particular dificultad en los escenarios africanos, en donde la noción misma de burguesía es tanto o más ambigua que la de sociedad civil. En tercer lugar, el aporte realizado por Gramsci, para quien la diferenciación que sirve de fundamento a la sociedad civil es triple, y no doble (entre el Estado, la economía y la sociedad, siendo su “reino” (Mamdani, 1996) la opinión pública y la cultura), incurre en la misma dificultad: ¿qué es la opinión pública en África? Distintos son los autores que observan con atención este ejercicio teórico, señalando los problemas que traen aparejados estos desplazamientos [27] .

Estos tres aspectos abren algunos interrogantes sobre la sociedad civil y su utilidad para pensar las fronteras del campo político en el África contemporánea. ¿Cuán real puede ser la separación entre la sociedad civil y el Estado en África? ¿No será esta tendencia euro-céntrica a institucionalizar el campo de la policía, un modo de obstruir una perspectiva africana de la acción sobre los territorios no estatales, que permita contemplar los fundamentos culturales e históricos de un campo diferente a la sociedad civil en África?

Para un análisis más profundo del significado de la idea de la sociedad civil (o lo que es mas exacto: el campo de acciones que se engloban bajo esta rúbrica) y las posibilidades de un anclaje empírico en el norte de Mozambique, es conveniente interpelar este concepto y someterlo al análisis de la etnografía histórica neomoderna (Comaroff J. y Comaroff  J, 1992).

La historia de la sociedad civil en el África colonial – nos recuerda Mamdani – está enlazada con el racismo”. La sociedad civil fue, ante todo, la sociedad de los colonos. Desde las primeras décadas del siglo XX, el proceso de racialización de la sociedad civil coincidió con la tribalización de las autoridades nativas, y fue el elemento distintivo del dualismo bajo el cual se organizó la administración colonial. La lucha anticolonial, en buena medida llevada a cabo por los sectores de la población económica y políticamente activos que se encontraban entre uno y otro extremo de la sociedad colonial, generó un contexto propicio para el desarrollo de un campo autónomo que podríamos identificar asociar con lo que hoy se engloba bajo la idea de la sociedad civil.

Un ejemplo histórico permitirá explicitar esta afirmación. En sus orígenes, un sector del movimiento anti-colonial que participó de las primeras revueltas en el planalto de Mueda, en la misma provincia de Cabo Delgado, estuvo estrechamente ligado a la Sociedad Algodonera Africana Voluntaria de Mozambique (Hedges D, y Chilundo, A: 1993). Alberto Chipande, Cornelio Mandanda y Lázaro Nkavandame eran, hacia 1960, cooperativistas que impulsaron la organización económica y productiva de los campesinos [28] . Espacios y territorios de mediación como estos, ubicados entre el ámbito familiar extendido y el Estado colonial, se organizaron con autonomía política y económica. Su transformación, durante la etapa de la independencia, no implicó su colapso, pero sí la  dificultad de su continuidad. Negrão señala de qué modo este momento de gestación fue canalizado por el gobierno del Frelimo, con la creación de las Organizaciones Democráticas de Masas (ODM) [29] . Estas organizaciones, si bien tuvieron un carácter inicialmente transformador y aspiraban a ser “radicalmente democráticas”, terminaron por adoptar incluso, ciertos patrones de supervisión utilizados por el mismo Estado colonial (Negrão, 2003). Fagocitada por la sociedad política, la única alternativa de continuidad para los territorios de mediación estuvo dada por su confinamiento al campo étnico y religioso o, ya en tiempos más recientes, por la organización dependiente del financiamiento externo.

Este y otros ejemplos, permiten afirmar que algunas instituciones con influencia local lograron desracializarse, pero no alcanzaron a destribalizar el poder local, situación que persiste hoy en día y dificulta las perspectivas de una democracia sólida en Mozambique. “(S)iempre que se falló en la democratización del Estado local, las generaciones de la post-independencia tuvieron que pagar un alto precio; la autoridad nativa no reformada llegó a contaminar a la sociedad civil, de modo que cuanto más desracializada estaba la sociedad civil, más asumía una forma tribalizada (Mamdani, 21: 1996)”. Esta afirmación hecha por Mamdani, pensada especialmente a partir de su trabajo como funcionario del Estado ugandés, no se aplicó inmediatamente para el caso de Mozambique. Lo cual explica el curso errático y conflictivo de la tensión entre la sociedad y el Estado en Mozambique. Aunque también su originalidad. Sólo con la aprobación definitiva de un paquete de medidas de ajuste estructural, proceso iniciado en 1986 poco antes de la muerte de Samora Machel, los territorios intermedios de la sociedad terminaron por asumir su forma actual, que oscila entre el despotismo descentralizado y la dependencia externa, caracterizados por un vaciamiento de la ideología política. [30]

La creación de una “sociedad civil” imaginada por la comunidad internacional, ha permitido generar expectativas frágiles, asentadas en una teoría política impuesta, si bien la decisiva articulación con sectores de las elites políticas mozambiqueñas permitió su efectiva consolidación. En los acontecimientos que relatamos, la “sociedad civil” se caracterizó por tener una participación importante en dos momentos: en la gestación de las revueltas, y con posterioridad a las mismas. Resulta difícil afirmar que las revueltas hayan sido el resultado de una protesta cívica organizada de un modo autónomo, hecho que de ningún modo invalida la legitimidad de las revueltas. Por el contrario, la legitimidad fue instrumentalmente utilizada por líderes con poder e influencia locales, que lograron capitalizar el descontento a los efectos de acotar el poder de su adversario en el campo político, sin por ello poner en discusión el modelo de sociedad de la democracia liberal. Por su parte, después de las revueltas, el Observatorio Eleitoral ofició de “mediador de conflictos”, apelando a metodologías resolutivas con una cuestionable profundidad. Tanto la investigación de los orígenes de las revueltas como la realización de talleres (workshops) para dirimir las disputas, adquirieron un formato pensado en el seno de una Organización No Gubernamental europea (Negrão, 2003). Resulta paradójico que mecanismos de mayor complejidad y profundidad no hayan sido utilizados de un modo articulado, dejando de lado instancias de resolución de conflictos con una genealogía local por fuera de las alternativas consideradas como viables. Las consecuencias manifiestas se traducen en la fragilidad y circunstancialidad de la “resolución” de la violencia política que emergió después de las elecciones.

 

Las fronteras del campo político y la sociedad civil – a modo de conclusión.

 

            Este análisis de los conflictos postelectorales, en donde la centralidad de la idea de sociedad civil resulta central, acota el entusiasmo generado por el resultado de la liberalización de la política y la economía en Mozambique e invitan a repensar el campo la política que se encuentra, en un extremo despolitizada, y en el otro extremo, proclive a su manifestación violenta.

            Concebida según su formulación liberal actual, es difícil ver en la sociedad civil algo más que una réplica de la idea “europea”, la cual en poco se emparenta con las dinámicas sociales en África. Autores como Jean-Francoise Bayart, afirman que bien convendría referirnos a la inexistencia de una contraparte de la sociedad civil capaz de contrarrestar los efectos totalizadores de los Estados modernos en África. Distanciándose del consabido afro-pesimismo manifestado por Bayart, entre otros, autores como Jean y John Comaroff se refieren a una quimera cuyo horizonte se presenta cargado de ironías ambigüedades e imposibilidades. Sin embargo, para ellos es necesario señalar que esto no equivale a decir que los africanos tengan una particular inclinación al despotismo, ni que el ideal de una gobernabilidad participativa sea una invención europea. En este sentido, los Comaroff, en un trabajo experimental, dejan abierto el espacio para que la investigación etnográfica llene los interrogantes planteados.

Es necesario destacar que son pocos los trabajos que se han detenido profundamente a analizar las dinámicas contemporáneas específicamente africanas en las relaciones de producción e intercambio, las asociaciones de “crédito”, los grupos de oficios, las economías informales, los rituales colectivos, los modos de expresión estética, los discursos y prácticas sobre la magia y la razón, por mencionar tan sólo algunos de los territorios que operan por fuera de la lógica del Estado (Appiah, 1992; Comaroff, 19992) y que permiten pensar las transformaciones actualmente en curso en África. Muchas de las organizaciones no-estatales que desarrollan estas actividades, tienen mecanismos de funcionamiento actuales con destacada consistencia: formas de elección y legitimidad periódicas, procedimientos, mecanismos de control sobre sus líderes – todo lo cual hace que en la práctica resuelvan conflictos y promuevan acciones racionalmente productivas.

El espíritu reformista que ha llevado a muchos entusiastas a involucrarse en las asociaciones, organizaciones y movimientos que habitualmente son caracterizados como parte de la “sociedad civil” en África, tal vez se encuentren bajo la misma trampa que señalábamos al referirnos a la historia temprana de la sociedad civil en África. Considero que es necesario dimensionar las formas no estereotipadas de la organización autónoma de la sociedad, las cuales podrían reconciliar las formas comunitarias de estar en el mundo – pese al reparo esencialista, muy extendidas en África – con las prácticas políticas transformadoras – pese al pesimismo extendido sobre la política, aún vigentes en Mozambique. En este sentido, pareciera ser que la tendencia dominante ha sido la de confinar el espacio de la tan ansiada “sociedad civil” a una arena institucionalizada, mientras que el campo político se encuentra cruzado por dinámicas de una complejidad y una profundidad difícilmente identificables por los estrechos modelos de la democracia liberal.

En un trabajo reciente, Partha Chatterjee – quien cuestiona del mismo modo las ilusiones quiméricas que resultaron del auge de la sociedad civil en los últimos 20 años, con su proliferación de ONGs y agencias de desarrollo – señala que la emergencia de una sociedad política organizada por fuera de los moldes institucionales (las ONGs, las corporaciones políticas), puede abrir una nueva manera de concebir la transformación política en el mundo poscolonial. Los escenarios de las revueltas electorales nos señalan que la capacidad crítica se encuentra presente en la comunidad, si bien atrapada a su vez en los constreñimientos generados por la misma idea de la sociedad civil. De modo tal que la democratización no puede apenas suponer su reforma. Debería ante todo contemplar la posibilidad del desmantelamiento del modo de gobierno organizado de acuerdo con la base del poder fusionado (y como señala Mamdani, de la justicia administrativa y la coerción extraeconómica también, todos ellos legitimados como “lo consuetudinario”). Entre los actores que ocupan posiciones en el campo político (manifestantes, activistas, intelectuales, campesinos), existen personas que en la práctica cotidiana ejercitan otras formas de organización, si bien su alcance político parece no alcanzar a tener el impacto necesario como para cruzar la frontera de la política institucionalizada.

Si hubo una  sociedad en donde las ideas en torno al despotismo fueron puestas en cuestionamiento de manera radical, esa sociedad fue la mozambiqueña, en los primeros años del proceso revolucionario. El costo de este cuestionamiento estuvo signado por la guerra, cuya recuperación sólo fue posible ante la imposición de un modelo de democracia liberal que trajo aparejada la re-emergencia de formas de organización disgregadoras de la comunidad. No obstante, la comunidad existe y es capaz de generar cuestionamientos, para lo cual repensar el campo de la política nos llevaría a ver en otras formas de organización, las bases de un escenario capaz de traspasar los horizontes del afro-pesimismo.

 

 

 


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[1] Trabajo presentado al Tercer Congreso Nacional de ALADAA, “Repensar el concepto de frontera cultural-étnica y política en Asia y África”. Universidad Nacional del Comahue, Villa La Angostura. 30 y 31 de Octubre de 2008.

[2] El proceso de descentralización está siendo realizado por etapas, en las que progresivamente más municipios eligen a sus autoridades por medio del voto directo.

[3] Para un análisis de la noción de trauma de post guerra, ver Igreja, V. (2006)

[4] El FRELIMO (Frente para la Liberación de Mozambique) gobierno ininterrumpidamente el país desde 1975.

[5] La RENAMO (Resistencia Nacional Mozambiqueña) se constituyó formalmente como partido político con posterioridad a la sanción de la Constitución de 1990.

[6] La noción de comunidad internacional aquí utilizada refiere al conjunto de Estados “donadores”, que aportan (“donan”) aproximadamente el 60% del presupuesto operativo del Estado mozambiqueño Este “grupo” está compuesto fundamentalmente países europeos, Estados Unidos, Canadá y Japón.

[7] Jean Loup Amselle afirma que “el discurso del poder, cuando debe enfrentar una rebelión campesina, siempre se expresa en un lenguaje “tribalista”, o “regionalista”, siendo siempre signo de otra cosa, la máscara de conflictos de orden social, político y económico (Amselle, 1985). No obstante, advierte acertadamente Amselle, “definir cualquier movimiento social como tribalista o regionalista, es tratar de descalificarlo al negarle toda legitimidad, la cual, para los aparatos de los Estados actuales, sólo se expresaría con vocabulario modernista” (traducción de la Cátedra de Historia de la Colonización y de la descolonización, FFyL/UBA)

[8] Pedroso, J. y da Silva, T. (2003); Gomes, C. et. al. (2003); Meneses, P. et.al. (2003), Obarrio (2003).

[9] Bergman formula acertadamente este debate, en el que las interpretaciones sobre un Estado colonial “fuerte” y uno “débil” parecen referir a estrategias adaptativas y variables antes que fijas (Bergman, 1992).

[10] Retomo la noción de “creación” propuesta por Leroy Vail, para referirme a la combinación de “invento” y “construcción” de las formas autoritarias del poder tradicional por parte del poder colonial. Es importante destacar que, como resultado del proceso de administración colonial, se consolidaron un conjunto de autoridades tradicionales cargadas de un fuerte carácter autoritario, independientemente de su legitimidad histórica o mítica (Mamdani: 1996).

[11] En este trabajo utilizo indistintamente las nociones de jefes tribales, autoridades consuetudinarias, régulos, jefes de tierras, secretarios de barrio y líderes tradicionales, para referirme al campo de las autoridades comunitarias, tal como se los describe en el Decreto 15/2000.

[12] En otro trabajo me referí a la idea de las trayectorias político-culturales como un concepto que permite evitar la sustanciación de “la cultura”. (Fernández Bravo, N. 2006)

[13] En un discurso muy influyente y recordado, el Presidente Samora Machel llamó a la población a “destruir la tribu para construir la nación”. Las jefaturas o “regulados” fueron formalmente abolidos el 26 de junio de 1976.

[14] Los Grupos Dinamizadores fueron concebidos como las células del partido en el nivel distrital.

[15] El Observatório Eleitoral fue un conjunto de organizaciones autodefinidas como “de la sociedad civil”, que se nuclearon para realizar un trabajo de acompañamiento previo y posterior a las elecciones. Liderado por el Centro de Estudios para el Desarrollo, lo integraron la Liga Mozambicana para los Derechos Humanos (LDH), la Asociación Mozambicana para el Desarrollo de la Democracia (AMODE), el Consejo Cristiano de Mozambique (CCM), el Consejo Islámico de Mozambique (CISLAMO), la Iglesia Católica y la Organización para la Resolución de Conflictos (OREC). El OE estuvo financiado fundamentalmente por la Cooperación Suiza y el Cento Carter.

[16] Sólo en un Municipio (Balama), la Renamo obtuvo una leve mayoría del 55.6% de los votos. En el resto de la provincia, el FRELIMO se impuso en promedio, por un 70% de los votos válidos.

[17] Mazula, 2003; Amnesty International (2004) y fuentes periodísticas

[18] Mbilana, 2005.

[19] Los resultados nacionales arrojaron un resultado favorable al candidato del Frelimo, Joaquim Chissano, quien se alzó con el 52.29% de los votos, contra el 47.70% de su adversario por la Renamo, Afonso Dhlakama. A nivel provincial, la diferencia se mantuvo, aunque fue sensiblemente superior: 66.3% contra un 33.6%. No obstante, el número total de votos considerados nulos y por lo tanto no considerados en el total del recuento (377.000 votos), fue superior al margen de diferencia entre ambos candidatos (205.000 votos). Los motivos por los cuales estos votos fueron declarados nulos nunca fue esclarecido por la Comisión Nacional de Elecciones. En su informe final, el Centro Carter afirma que (…) la credibilidad del proceso estuvo minada por una serie de problemas técnicos que emergieron durante la tabulación de los votos, que alimentaron las sospechas políticas y partieron a la Comisión Nacional de Elecciones” (traducción mía)

[20] Los reclamos fueron rechazados por las dos instancias que evaluaron los pedidos (el Tribunal Supremo y el Consejo Constitucional), porque “las quejas no cambiarían el resultado final”; no obstante, este argumento legitima la existencia de algún grado de manipulación de resultados.

[21] Entrevista a un delegado municipal de la Renamo. Septiembre de 2005.

[22] El Relatório da Viagem a Mocímboa da Praia no tuvo una divulgación extendida. Uno de sus autores mantuvo dos reuniones privadas en las que ofreció aspectos que son centrales a las hipótesis de este trabajo.

[23] Es habitual en el discurso cotidiano de los mozambiqueños, trazar periodizaciones temporales en base a acontecimientos históricos. Es común escuchar a los mozambiqueños hablar de “os tempos de Samora” (por Samora Machel), “os tempos da guerra  y “os tempos da colonia” (por la colonia portuguesa), como si se tratara de momentos separados por muchos años. No obstante, se trata de cambios que se sucedieron en el lapso de 25 años.

[24] La creación de la sociedad civil es un logro del mundo moderno (…) es el territorio de mediación entre la familia y el Estado, donde hay un libre juego para cada idiosincrasia, cada talento, cada accidente de nacimiento y de fortuna, y donde las olas de la pasión y gush, reguladas sólo por la razón glinting through them” (Hegel, 1952; traducción mía).

[25] Los Comaroff afirman que, en lo sustancial, la Idea aplicada a África es inherentemente elusiva, evanescente y opaca, no por ello desechando su utilidad, sino más bien señalando los problemas que conlleva su traspolación.

[26] As in the late eighteenth century – and in remarkably parallel fashion –the very fabric of the social, the possibility of society, the ontological core of humanity, and the essence of identity, are being questioned (…) Indeed, this is an economy that, like in its eighteenth-century precursor, celebrates the mechanisms of “the market” as if they had entirely unmediated capacity to determine the course of history for the good” (Comaroff y Comaroff: 19999)

[27] What precisely does it, should it, include? Everything that occupies the space between the state and the individual, or the State and the household? Relations of production, family and kinship? The market? Are religious organizations, the media, expressive culture, and the politics of consumption in or out? Does civil society exist as the antithesis of the state, in struggle with it, or as a condition of its possibility? Is it coterminous with, or distinct from, the public sphere? What about those legal-jural apparatuses that regulate interpersonal conflict? And the diffuse aesthetics, norms and sensibilities that constitute civility? Finally, how might all this be addressed in non-Western contexts, with their very different social histories and political cultures? (Comaroff J. y Comaroff J., 1999).

[28] Hacia 1960 se desarrolló, en el norte de Mozambique, un movimiento rural que consiguió aprovecharse temporariamente del sistema colonial y de las circunstancias específicas locales, para elaborar un sistema de producción que brindaba beneficios a los productores, lo cual se convirtió luego en un a amenaza para el sistema colonial y contribuyó para los reclamos (Hedges y Chilundo, 1993)

[29] Algunas de las más conocidas fueron la Organização da Mulher Moçambicana (OMM), la Organização dos Jóvenes de Moçambique (OJM), la Organização dos Trabalhadores de Moçambique (OTM), la Organização dos Profesores de Moçambique (OPM) y la Sociedade Nacional dos Jornalistas (SNJ). Muchas de estas organizaciones continúan existiendo, con distintos niveles de organización.

[30] Tal vez la prueba más clara de este curso de los acontecimientos, haya estado dada por la firma del Decreto 15/2000, el cual fue el resultado de un intenso debate parlamentario del cual participó con un inusual énfasis la comunidad internacional. Este decreto, que en lo fundamental le otorga legitimidad y poder a las autoridades comunitarias, ha generado a su vez interpretaciones divergentes sobre su real significado y alcance, y fue recibido con especial entusiasmo por las ONGs, que en muchos casos consideraron la emergencia de un interlocutor directo por fuera del Estado, en el marco de los discursos vigentes sobre el multiculturalismo y la integración cultural. Ferguson y Gupta denominaron a esta “maquinaria” como anti-politica.

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