Aproximación a la cuestión de fronteras en el conflicto Israelí-Palestino

“Un límite no es aquello en lo que algo se detiene sino, como reconocieron los griegos, el límite es aquello en que algo comienza su presentarse” [1]

 

De fronteras como punto de partida.

Generalmente cuando se habla de la Shoa [2] u Holocausto Judío, se lo llama Cuestión Judía, y lo mismo sucede con la Naqba [3] u Holocausto Palestino, que termina tratándose como la Cuestión Palestina [4] . Aquí decidimos invocarlos a ambos también a partir de una cuestión que hemos dado en llamar la cuestión de fronteras.

¿Es posible pensar la frontera, en este conflicto, más allá de lo estrictamente territorial, que ha sido y es aún la principal demanda y reivindicación de las naciones en pugna? ¿Qué condiciones de posibilidad tiene la frontera para ser un universo desde el cuál analizar este histórico enfrentamiento? ¿Qué implicará la cuestión de fronteras en el conflicto Israelí-Palestino en este trabajo?

Definitivamente las ciencias sociales tienen dificultades para tratar con algunos conceptos, o al menos, proponer acuerdos sobre los mismos. Uno de ellos es el concepto frontera, otro el de etnia [5] , sin mencionar el de estado, ni el de nación. Cada uno en sí mismo implica momentos difíciles para la ciencia social por la vastedad y complejidad de lo que abarcan.

En nuestro caso están todos implicados. Uno bien podría decir, sin errar, que el Estado de Israel se creó en 1948, en territorio palestino, para “alojar” a la nación judía que bajo el emblemático tópico sionista “Un territorio para una nación sin territorio” fue instalando y expandiendo sus fronteras políticas en aquella región pluriétnica, otrora territorio de la nación palestina, que aún hoy, 2008, aboga por el reconocimiento de un Estado.

Sesenta años han transcurrido desde la formalización de un Estado y unas fronteras territoriales y nacionales, y sesenta años también de la destrucción de una nación, diferentes etnias, de la posibilidad de un Estado otro, de la imposición de unas fronteras demarcatorias y de la reducción a lo concentracionario. Israel y Palestina respectivamente. Un pasado, un territorio y dos historias: la una, una epopeya (para la gran mayoría de los israelíes), y la otra, una tragedia.

Plantear la frontera como cuestión o la cuestión de la frontera para lo Israelí-Palestino habilita pensar en la dimensión de entrecruzamientos, de superposición, de trama de las relaciones sociales-identitarias en pugna. Y un poco eso es el conflicto. No se trata sólo de israelíes contra palestinos sin más. Existen variables que exceden la identidad puramente nacional, variables como la cultural y la étnica: lo judío y lo árabe, por ejemplo, lo semita. También se impone la variable política en su versión nacionalista: desde el sionismo al nacionalismo árabe, sin entrar en las “matices” partidarias laicas (derechas e izquierdas) y religiosas (judaísmo/judíos e islamismo/musulmanes) al interior de cada nación. Queremos decir, entre otras cosas, que un israelí no necesariamente será sionista, o sí. Y un palestino podrá ser, o no, un ciudadano árabe israelí. Encontraremos también judíos de cultura árabe, los llamados sefardíes [6] . Y también judíos sionistas de izquierda ¿Acaso es posible ser de izquierda en un partido por naturaleza imperialista? A las diferentes “combinaciones” identitarias queremos pensarlas como consecuencias de este histórico enfrentamiento y, como posibilidades para desentramarlo e intentar entenderlo, pues cada una dice algo del mismo. La realidad del conflicto impone la necesidad de reflexión sobre la complejidad de estas identidades.

Por eso, sin soslayar la importancia de los conceptos Estado y Nación en este conflicto, nos enfocaremos más en las fronteras políticas, culturales y étnicas que el mismo habilita. Buscaremos explorar en esta dimensión teórica analítica para pensar y aproximarnos al problema críticamente.

Después de Barth, entre otros pensadores, las identidades ya no se piensan como objetivas, preconcebidas, ni inmodificables, ni estáticas, sino como subjetivamente elaboradas y percibidas por los grupos que interactúan en su construcción, la cual siempre será permanente y recíproca. Aquí la frontera será de importancia porque a partir de ella o ellas (fronteras) se organizarán las diferencias políticas, étnicas y culturales.

Así como la identidad no se propone pura, de la misma manera la frontera, desde Barth a nosotros, ya no se piensa como límite. Barth nos hablará de categorías o fronteras que se construyen intersubjetivamente en y a través de las relaciones inter-grupales, de esta manera, serán “...las fronteras étnicas y no el contenido cultural interno lo que define al grupo étnico y explica su persistencia” [7] . Queda claro que su interés ya no se enfocará tanto en la etnia o la etnicidad de los grupos sino que se desplazará hacia las fronteras, dinámicas y relacionales, que éstos construyen constantemente para significarse y darse entidad a sí mismos.

La falta de especificidad en la definición de fronteras étnicas es lo que nunca quedó del todo claro en Barth y el motivo principal de crítica desde sus contemporáneos. Esto habilita que Barth sea convocado toda vez que exista una caracterización de un “Nosotros” y un “Ellos”, toda vez que haya un dicotomización a analizar, sin quedar establecido de qué estamos hablando. Entonces, las fronteras étnicas implicarán rasgos culturales organizados distintivamente por cada grupo ¿pero cuáles rasgos? ¿de qué tipo son tales?. Y, frente a este dilema, estaremos de acuerdo con Lapierre quien sostiene que las fronteras étnicas como rasgos culturales distintivos serán aquellas que “se formaron en el curso de una historia común que la memoria colectiva del grupo no ha cesado de transmitir de manera selectiva y de interpretar, convirtiendo ciertos acontecimientos y ciertos personajes legendarios en símbolos significativos de la identidad étnica mediante un trabajo del imaginario social; y esa identidad étnica remite siempre a un origen supuestamente común” [8] .

De esta manera tenemos un punto de partida para pensar el conflicto Israelí-Palestino y es desde las fronteras étnicas, pero también desde las otras que el mismo habilita, y ya veremos cuáles. A esta parte, tenemos al menos dos grandes grupos que en base a una memoria colectiva, unos símbolos significativos y un origen común, entre otras características que los constituyen, construyen dinámica y subjetivamente sus fronteras. Lo hacen hacia el interior y hacia el exterior de su nación política y territorial, pero es quizás en el exterior, ya sea en los límites o márgenes, o afuera mismo de sus territorios, donde esas fronteras subjetivas y significativas se entrecruzan más y posibilitan el encuentro entre israelíes y palestinos. Michel Warschawski (israelí) y Edward Said (palestino), dos intelectuales, militantes y activistas por la paz, la coexistencia pacífica y la creación de una Estado Binacional, ponen de relieve la posibilidad de pensar desde las antípodas las fronteras el conflicto. Es desde ellos que intentaremos explorar en esta dimensión del mismo. Pero antes es imprescindible dar cuenta del mismo, aunque más no sea sucintamente.

 

Breve reseña del Conflicto Israelí-Palestino. Fronteras en juego.

El conflicto Israelí-Palestino (1948-2008), con sus diferentes coyunturas, se enmarca en el proceso histórico de avance imperial sobre el noroeste de Asia, primero europeo (s. VXIII-XX) y luego estadounidense (s. XX-XXI). Ambos principales alentadores del colonialismo Israelí sobre los territorios expoliados a los palestinos. Para el historiador israelí Ilan Pappé [9] desde hace por lo menos 120 años ya existía “un plan judío, sionista, israelí de limpieza étnica de la población autóctona”, “habían previsto desde mucho antes de 1948 el expolio de los palestinos y su expulsión” [10] .

Sin embargo, hay momentos claves en la historia de este conflicto y uno de ellos es 1948, la partición de Palestina, cuando las Naciones Unidas otorgan legitimidad al acto de expoliación del 55% de los territorios para el Estado de Israel. Tras ello, las rivalidades en la región se exacerbaron, y asimismo, el enfrentamiento fue tomando un mayor carácter árabe-israelí y soslayándose así la centralidad del conflicto Israelí-Palestino, sin que ello redujera la drástica situación para los últimos.

Es 1948 el año que ve el nacimiento de las primeras fronteras políticas-nacionales de Israel sobre la Palestina histórica. Pero, según Michel Warschawski, la demarcación de las mismas fue interpretada de diferentes maneras por la población del naciente Estado-Nación: “Los habitantes allí instalados detentan su ciudadanía, pero carecen de todo deseo de pertenecer a la nueva nación que los dirigentes sionistas pretenden construir. Y no sólo no se identifican con ella, sino que la consideran como una amenaza mortal para el judaísmo tal como lo entienden” [11] . Habrán otros sectores, como parte de la izquierda en Israel, que también se opondrán al sionismo (no sin criticar también al nacionalismo árabe) y propondrán analizarlo como una “guerra de depuración étnica y no como una guerra de liberación nacional” [12] , asimismo, propugnarán por una desionización de Israel. De esta forma, aquellas primeras fronteras políticas-nacionales impuestas por la dirigencia sionista no expresaban “el discreto encanto de la adscripción étnica voluntaria” [13] de toda la población israelí, aunque sí de su mayoría. Y, lo innegable es que si representaban la negación de toda otra nación, la palestina. [14] . La primera consecuencia de ello fue la Naqba. Empezó allí la historia de los refugiados palestinos y su diáspora [15] . De fronteras políticas supieron fatigarse entonces (y aún) los refugiados sin refugio, porque las del mundo árabe de entonces, las habían cruzado todas y no sólo esas [16] . La propia Organización para la Liberación de Palestina (OLP, nacida en 1964) supo crecer fuera de las fronteras palestinas en el exilio, para ser varias veces “mudada” a causa del proceder del cada vez más militarizado ejército israelí en expansión. La creación de fronteras nacionales, étnicas y políticas fue la excusa para unos, de la supresión de las de los otros.

Otro momento clave en el análisis del conflicto será junio de 1967, la Guerra de los Seis Días, cuando se produce la Ocupación Israelí de la Franja de Gaza y la región de Cisjordania, denunciándose todavía más la base expansionista y colonialista del Estado Sionista de Israel. Y, pese a ser ocupados esos dos históricos territorios palestinos, aún entonces no será restituida la centralidad del enfrentamiento Israelo-Palestino, sino que se seguirá hablando de los “países árabes contra Israel”. Esto representó, claramente, una estrategia para externalizar al mundo la contienda y justificar así las acciones invasivas e imperialistas de Israel en la región [17] . La misma estrategia buscó generar consenso al interior de la sociedad israelí. Consenso que logró porque esta guerra instaló al Estado de Israel como realidad política con fronteras nacionales expansivas, en guerra con el mundo árabe que lo rodeaba y “amenazaba”. La misma unificó al pueblo israelí en un consenso interno sin precedentes. Por casi 10 años no habría casi oposición a ella. Este triunfalismo unanimista dejará dos consecuencias objetivas: la derrota árabe y la prosperidad económica de Israel -con apoyo de EEUU acompañando el complejo militar industrial y la clase política dirigente-. De esta forma, por mucho tiempo, será cegada la sensibilidad moral de los israelíes, y por supuesto, de sus intelectuales. Provocándose un giro a la derecha del conjunto del discurso político israelí, arrastrando con él a varios personajes, incluso gran parte de su izquierda [18] y espacialmente el Partido Comunista Israelí (PCI). En este contexto, por otro lado, va creciendo la resistencia palestina.  Y ya volveremos sobre ella.

En 1973, la Guerra de Yom Kippur, marcará otro momento clave en el desarrollo del conflicto Israelí-Palestino, porque quebrará el consenso al interior de la sociedad israelí y, por extensión, hacia afuera de la misma.

Israel no se esperaba una iniciativa bélica desde los países árabes, sin embargo la ofensiva Sirio-Egipcia (6/10/73) tuvo lugar y la misma, fue, para los israelíes, como un terremoto, porque desestabilizó a su clase política y su discurso, además de las fronteras que habían forjado la Ocupación de 1967, que incluían parte de la península de Sinaí egipcia y los altos del Golán sirios, además de los territorios palestinos claro está.

En este marco también acontecían diferentes hechos que presionaban para que Israel anunciara oficialmente el retiro de los territorios ocupados a cambio de un “acuerdo de paz”. Hechos como: la guerra de desgaste en el Canal de Suez, el crecimiento de la Resistencia Palestina y el apoyo a ella de los países triunfantes del proceso de la descolonización, el cambio de la opinión internacional respecto de la situación, el acercamiento de Egipto a los EEUU, la concientización de los países petroleros de su propio peso económico (hablamos especialmente de Arabia Saudíta) y de lo mucho que esto podía repercutir en los asuntos políticos de la región.

Si bien en pocas semanas, y gracias al apoyo norteamericano, Israel recuperó su superioridad, su consenso triunfalista del 67 resultó quebrado. Quedó expuesto el mito de la invencibilidad de Israel y “miles de israelíes volvían a cuestionar la política gubernamental” [19] . En esta época nacieron nuevas formas de oposición [20] , y una de las fuertes fue la derecha de Menahem Beguin quién con el Likud [21] , terminaría con la hegemonía laborista del Mapai [22] .

Pero, esta toma de conciencia tenía límites, pues al volver a situar el conflicto en el marco árabe-israelí se reprimió, con más fuerza todavía que en los años precedentes, la dimensión israelí-palestina del asunto. Y los “acuerdos de paz” entre las partes seguían sin reconocer o convocar a los palestinos a las reuniones “pro-paz”, sólo se invocaba a Egipto y a Siria para discutir las fronteras políticas. Frente a esto se volvió imperativo demostrar que ya no se podía obviar a la OLP, quien  hasta entonces, había sido la legítima organización representante de los palestinos. Su “reconocimiento” recién se logró, desde la ONU, después de la guerra, en 1974.

Trascendiendo las fronteras en la versión que más ha conocido Israel que ha sido la invasión y el  sojuzgamiento, otro año clave en el desarrollo del conflicto, a este respecto, será 1982, año de la invasión de Israel al Líbano, de la limpieza étnica palestina y masacre conocida como las matanzas de Sabra y Shatila y de la expulsión de la OLP de este país. Este hecho merecería un capítulo aparte que aquí no podremos desarrollar, no sólo por la densidad de sus consecuencias para el mundo árabe-palestino y judío-israelí en su conjunto, sino porque se haría necesario también abarcar la última invasión fronteriza de Israel al Líbano producida en 2006. De todas maneras, al igual que con los anteriores hitos del conflicto intentaremos señalar lo más significativo. 

Tras la ruptura de consenso al interior de la sociedad israelí y ante el mundo con Yom Kippur, 1982 dió la pauta y ratificó que la invasión al Líbano no era una guerra de autodefensa, sino una operación militar contra el Movimiento Nacional Palestino y contra el régimen establecido en el Líbano. Y en ese marco el propio ejército israelí desarrolló una suerte de amotinamiento desde algunos de sus miembros que se negaron a cumplir servicios más allá de las zonas israelíes [23] . Es curioso que la rebelión al interior del ejército reclamara sólo la crítica para una parte de las zonas y no para otras, también conseguidas ilegítimamente, como Gaza y Cisjordania, pero es un contrapunto interesante y creemos debe ser destacado en esta reseña por todo lo que el propio ejército representó, y representa, en la sociedad israelí. La frase “Israel no es un estado con un ejército, sino un ejército con un estado” es indicativa de lo que éste fue durante todos los 50 y 70, y da cuenta de que cualquier crítica hacia él era improbable antes del 73-82. El ejército funcionaba como un “nosotros”: todos cumplían con su servicio militar (3 años los hombres, 2 años las mujeres), y luego, todos los hombres eran reservistas hasta los 50 años. Esto, con matices, se mantiene hasta hoy.

Pero lo importante a destacar es que, desde entonces, el ejército israelí ya no será infalible, mostrará fisuras, a su interior y hacia el exterior. Habrá otras oportunidades, desde el lado palestino, para demostrarle eso mismo, aunque en desiguales condiciones claro está, como por ejemplo durante la Intifada del 87 (y luego la del 2000), con claras muestras de insurrección y desobediencia civil. ¿Acaso otra frontera? ¿La de la desobediencia? ¿Pero cómo medir lo legal y lo ilícito en una constante violación de derechos? ¿Allí cuál es la frontera entre lo correcto y lo no?

A veinte años de la Guerra de los Seis días y Ocupación de Gaza y Cisjordania, y a casi cuarenta de la creación del Estado de Israel, 1987 es el año de la Intifada palestina. Violenta pero popular, y  legítima. Representó la puesta en escena de la necesidad de buscar serias soluciones a la crítica situación. El mundo se hizo eco de ella y entendió los términos asimétricos del enfrentamiento y la falta de tratamiento real del asunto palestino.

Esto supuso en principio, en 1988 en Argel, la declaración y “reconocimiento” de la Autoridad Nacional Palestina como Estado y a Yasser Arafat como su presidente [24] . Es curioso que el destino político de una nación, como en el caso palestino, se dirima, casi siempre, fuera de ella. Ha parecido ser la regla, que la experiencia del pueblo palestino en relación a fronteras políticas, étnicas y culturales haya sido constantemente la de su supresión y exterminio, en nombre de otras. Esta es otra dimensión de los límites y posibilidades que ofrecen las fronteras en su versión políticas-territoriales, pero también en su versión humana, la versión que intenta trascenderlas, para luchar por el reconocimiento de las propias. Porque es claro que cada embate por el reconocimiento de los derechos fronterizos de los palestinos ha debido hacerse casi siempre desde un afuera. Un afuera libanés, un afuera tunecino, un afuera argelí, un afuera iraquí, y tantísimos otros afuera, desde los cuáles, los palestinos, atravesaron las fronteras buscando organizar la resistencia y la lucha por sus derechos.

Pero también hubo unos afuera menos legítimos como los representados en los irrepresentativos (valga la redundancia) “acuerdos de paz”, en los inhumanos campos de refugiados que rozan el parecido con los guetos y campos de concentración nazis, en el exilio de muchos de sus pensadores e intelectuales, etc. Donde las fronteras trascendidas no dejan lugar para el reconocimiento.

Eso, por ejemplo, es lo que significó Oslo, los Acuerdos de Oslo de 1992/1993. Donde, creemos que la auténtica autodeterminación palestina y su libertad, se vieron pospuestas una vez más, excluyéndose del acuerdo cualquier resolución sobre los problemas de los refugiados, la situación de Jerusalén, las fronteras exactas palestinas, los asentamientos de colonos israelíes, entre otros.

Y como hemos visto, a un lado y al otro de las fronteras del odio y el horror que 1948 significó para cada una, ambas sociedades han resistido. Pero sobretodo, la sociedad palestina, principal damnificada en cada uno de los momentos claves señalados en esta pretendida reseña. Desde el nacionalismo árabe y palestino hasta las diferentes organizaciones de base islámica, se han forjado algunos consensos -nunca igualables al consenso sionista-. Y una de las máximas expresiones de ese consenso han sido las Intifadas [25] . Pero la regla en Palestina fueron los disensos. Y en la actualidad lo siguen siendo.

A un lado y al otro se han generado distintas y variadas organizaciones políticas y sociales, laicas y religiosas, siendo las más representativas, en el terreno palestino, las organizaciones de resistencia y “liberación” como el partido Al-Fatah fundado entre 1957 y 59 por Yasser Arafat y en cuya conducción hoy está Abu Mazen, tras la muerte de aquel en 2004; y Hamas, organización creada en 1987, en clara correspondencia con el clima de la Intifada y del reclamo de una sociedad palestina harta e impotente. Hamas hoy es dirigida por Haniye y tiene su núcleo base en Gaza, tras haber ganado las legislativas allí en enero de 2006. Ambos partidos son los mayoritarios en la población y ambos tienen raíces de resistencia, pero, también ambos, hoy están enfrentados al interior de la sociedad palestina [26] . El disenso se impone al consenso.

Mientras, en Israel, la tendencia ha sido la derechización de sus partidos y organizaciones políticas básicas. Y lo vemos claramente con el Partido Laborista, el cual de paradójico origen de izquierda sionista, no sólo se dedicó a construir fuertes consensos entre los 50 y 70 en relación a la legitimidad del proceder de Israel, sino que fue abonando el terreno para que en la sociedad israelí de los 80, muy a su pesar, se afirmen partidos de derecha fuertes como el Likud [27] , hoy devenido Kadima, y cuyo máximo exponente es Ehud Olmert desde 2006.

El último año transcurrido es significativo para graficar la compleja situación reinante en la región.

La prensa y gran parte de la opinión pública internacional interpretan la realidad palestina como una colisión entre el partido que ocupa el ejecutivo, Al-Fatah, que apoya el “proceso de paz” y Hamas,  ganador del cuerpo legislativo y que, supuestamente, se opone. Pero, lo cierto es que el debate real entre Hamas y Al-Fatah se centra principalmente en la manera en la cual deberían gestionarse las “negociaciones de paz” con Israel.

La dirección de Al-Fatah ha estado muy comprometida con gobiernos árabes de orientación pro-norteamericana (Egipto, Jordania, Arabia Saudita), y con el “proceso de paz” con Israel: Oslo. Hamas no rechaza una paz negociada con Israel, pero denuncia que el proceso con el cual está comprometido Al-Fatah ha fracasado sin traer beneficios para el pueblo palestino [28] . Como alternativa, Hamas, propone como principio de un proceso de paz: el reconocimiento del Estado de Israel siempre que éste se retire de los territorios ocupados en junio de 1967. Y que, por supuesto, favorezca la creación de un Estado Palestino.

De esta forma desde diciembre de 2006 a esta parte, la violencia interna en la sociedad palestina ha llegado a niveles nunca antes vistos en Cisjordania y Gaza. Y si bien esta violencia se ha desatado por motivos internos Israel y los EE.UU. la alientan continuamente con la esperanza de que Al–Fatah tenga la capacidad de apaciguar, cuando no acabar con el poder de Hamas. Su permanencia a pesar de todas las trabas internas y externas (aislamiento político y económico), parece ratificar la elección del pueblo palestino en 2006. No obstante el apoyo de la población a ambas, la violencia explícita entre ellas contradice sus discursos llamando continuamente a la unidad nacional y prometiendo aliviar el sufrimiento del pueblo. Por su parte, el discurso otrificador de la derecha Israelí se mantiene incólume pese a las críticas voces israelíes por la paz [29] , y la coexistencia. 

Y ¿cómo entender esto? ¿Qué identidades habilita el enfrentamiento además de la Israelí y la Palestina? ¿Qué fronteras es posible elucidar, o en palabras de Barth, qué límites [30] ? ¿Y cómo las fronteras podrían augurar espacios de encuentro?

Como hemos visto en esta breve reseña el caos Israelo-Palestino crea espacios de enunciación y de afirmación identitaria, que se traducen en espacios de intervención en el conflicto. Espacios que muchas veces pueden ser de negación de identidades y todo lo que ellas confieren (adscripción étnica, pertenencia nacional, territorial, etc), como ha sido la tendencia, pero que también pueden distanciarse de ella y bregar por el reconocimiento y aceptación de las mismas.

A esos efectos ¿Acaso sirva que exploremos en cómo esto se significa en los relatos, podrían llamarse, biográficos [31] de dos pensadores hijos del conflicto? Creemos que sí.

 

La frontera en Michel Warschawski.

“Los últimos treinta y cinco años de mi vida fueron un largo camino por la frontera, o, mejor dicho, por las diferentes fronteras en las que se codean el Estado de Israel y el mundo árabe-musulman; israelíes y palestinos, pero también judíos e israelíes, religiosos y laicos, judíos europeos y judíos orientales. Es decir, fronteras que se entrecruzan, y que a veces se superponen, más o menos permeables, pero nunca infranqueables” [32]

 

Michel Warschawski [33] es un militante anti-sionista y puntal del partido comunista israelí. Por medio del libro En la frontera. Israel-Palestina: testimonio de una lucha por la paz, se propone dar cuenta de las diferentes dimensiones fronterizas del conflicto. Su experiencia de vida estructura toda su obra siendo ésto su fortaleza, pero también su debilidad. De esto se deduce que toda experiencia habilita “hablar de” pero está cargada de subjetividad y, por ello, no necesariamente será “la verdad” sobre la realidad de la que se pretende dar cuenta, sino una voz más. Un voz válida pero que debe buscar legitimarse más allá y a pesar de la experiencia propia .

En la frontera está organizada en tres grandes partes que contienen sus más de veinte capítulos. La primera Desierto, la segunda Brechas y la tercera Fronteras Interiores. Con esta secuencia el autor buscó mostrar el tránsito de su pensamiento en torno al conflicto Israelí-Palestino.

Se confiesa haber sido partidario, en los 50, de la idea de Israel como un David en medio del titánico Goliath del desierto árabe, digamos, que creyó en el consenso del que antes hablamos. Sin embargo, decidió ejercer la crítica sobre el mismo al unirse, en los 60, al Matzpen, partido de izquierda, que en el relato, lo marcó para siempre. “Rechazar esta política, situarse en disidencia ante ella, desafiar el consenso, supone cuestionar la pertenencia a la colectividad; y, paralelamente, desafiar el tribalismo es cuestionar la propia identidad israelí” [34] . Desde entonces, buscó predicar en el “desierto” el socialismo sin fronteras, el encuentro con el otro oprimido y la lucha por la coexistencia.

En Brechas, el autor, potencia los momentos críticos al interior de la sociedad israelí. Y los principales y excepcionales cuestionamientos que hubieron desde la sociedad, entre los 70 y 80, para con la dirigencia israelí. Sostiene que esas décadas permitieron imaginar un cambio y tender puentes entre israelíes y palestinos. Aquí da cuenta de la importancia de la información a este respecto. Conocer y conocerse a un lado y al otro de los límites territoriales era como crear en la información una frontera de encuentro. Y en este marco nació el AIC (Alternative Information Center) que buscó reducir las brechas existentes. Curiosamente, la actividad del AIC se desarrolló en la frontera geográfica entre el este y el oeste de Jerusalén, entre ambas demarcaciones territoriales, y allí escribían entonces (ya aún escriben): periodistas, militantes, estudiantes, intelectuales, etc., de las más diversas ideologías pero que obviamente tenían y tienen en común: el internacionalismo y están en contra de la Ocupación, el racismo, la discriminación o la explotación, y a favor de la emancipación nacional palestina. Abogan por el reconocimiento del otro, fundamental principio para la coexistencia en un único Estado Binacional “una coexistencia en la que dejasen de existir dos lados para ser uno solo, compuesto por hombres y mujeres de orígenes nacionales, étnicos y culturales diferentes” [35] . AIC constituyó un espacio político común en la frontera. Los implicados se situaban conjuntamente en la frontera para plantear en ella no sólo ideas o acciones en común, sino una asociación viva, con sus dificultades cotidianas, sus divergencias, sus problemas de salarios y de condiciones de trabajo, sin hablar de sus crisis internas de relación, y todo esto “es en cierta medida dar inicio a la experiencia de la coexistencia” [36] . Los 80 fueron años intensos para la sociedades en conflicto, y Warschawski llama la atención sobre el cómo se vivió la Intifada (1987) en el lado israelí, después de muchos años de consenso inquebrantable: “Cuando comenzó la Intifada, hacía dos decenios que los israelíes no veían a los palestinos que vivían a apenas diez minutos de sus casas”; “Palestinos e israelíes cruzaban cotidianamente la frontera pero mientras los primeros se topaban con Israel y con el pueblo israelí a cada paso, los israelíes no veían a nadie” [37] . Las claras experiencias discrepantes en torno a las fronteras son el foco sobre el que se erige la obra de Warschawski y, en particular, esta segunda parte.

Finalmente, en Fronteras Interiores, atiende a dos aspectos: el retorno al consenso todavía más unificado, en los 90 y 2000, sobre el proceder Israelí, y por otro lado, la necesidad de crear un contrapunto. Asimismo se permite señalar que pese al consenso fatal de los 90 y 2000 él ve una sociedad israelí dividida a su interior en dos grandes bloques, y que, sin embargo, esas fronteras interiores no quiebran su unidad.

El consenso de los 90/2000 tiene su ancla en el antisemitismo básico del sionismo, por paradójica que resulte esta afirmación. No olvidemos que éste desarrolló un estereotipo del judío que se debía ser, y esto supuso la eliminación de un tipo de judío para que pudiera nacer el israelí [38] . Claramente lo débil representaba el recuerdo del Holocausto y la Europa del Este, y, los judíos-israelíes de los 90/2000 no querían re-encontrarse con la imagen del débil emigrado de campo de concentración. “Esta ambigüedad respecto al antisemitismo no se limita a la política de Estado; se la encuentra asimismo en la ideología sionista y en la cultura israelí [...] En el crisol de la nueva cultura israelí, del sistema educativo y del ejército, se secarán las raíces que vinculan a los nuevos inmigrantes con su historia, desaparecerán sus tradiciones y su cultura originaria, y su aspecto exterior [...] será reemplazado por la imagen del tsabar, grande, viril, rubio, de ojos azules: en suma, un judío ario” [39] .

Frente a este Israel sionista existía, asimismo, “otro Israel” que tenía que ver con la periferia: los “poblados de desarrollo” o las aldeas agrícolas. Allí habitaban mayormente inmigrantes de países árabes, muy religiosos, “pero conminados a cambiar su modo de vida y de pensamiento para ser dignos del nuevo Estado Judío” [40] . Estas son las fronteras interiores de las que habla Warschawski a principios de los 90. Dos Israel, uno: “Occidental, moderno, liberal y laico” y el otro: “tradicionalista, Oriental, religioso y diaspórico”. Y para atravesar la frontera del segundo al primero, había que dejar de ser el segundo.  Es a principios del nuevo milenio “...cuando la periferia decidiría reivindicar su lugar en el núcleo mismo de la sociedad israelí, e iba a estallar toda la contradicción entre judíos e israelíes. [...] la frontera erigida entre el pasado diaspórico y el presente moderno y soberano no se disolvió” [41] . Pero el discurso de derecha los unificó sin armonizarlos [42] .

Cabe preguntarse ¿A qué lado de esta frontera interior hay que situarse? Warschawski, como ha quedado sugerido, se niega a adherirse a alguno de estos dos campos o “lados”.  Prefiere defender un proyecto democrático real, laico y respetuoso con las diversidades culturales. De esta forma, vemos que el transitar de su experiencia en el conflicto lo alojó siempre en una zona fronteriza, lo llevó a elegir a dónde pertenecer, entendiendo, por fin, que su mejor sitio es en la frontera entre las naciones en pugna, y en las fronteras de la sociedad de la que es parte.

No es casual que su obra comience a partir de lo que da en llamar ciudades-frontera. Y una condición de las mismas será, para él, ubicarse en las márgenes, en las zonas limítrofes, en las periferias. Asimismo contener diversas nacionalidades en sus adentros, con la complejidad y riqueza étnica-cultural que ello implica. Otra característica de las ciudades-frontera será la de vivir pecando de alteridad, sentirla y hacerla sentir. Habilitar constantes otros. Tales serán algunos síntomas de las mismas. Y decide que Estrasburgo [43] (donde nació) y Jerusalén (donde migró de adolescente y vivió el resto de su vida) serán ciudades-frontera: marcadas por lo marginal, lo limítrofe, la plurinacionalidad, la alteridad y la otredad. Rozando e interpelando siempre las fronteras identitarias de cada comunidad implicada. Said sentirá la alteridad de esta ciudad-frontera, pero desde el lugar del otrificado.

De esta forma, para Warschawski, la frontera funda algo más que Estados y soberanía territorial, es un “elemento constitutivo de identidades y de grupos” [44] , y entiende que quienes decidamos comulgar con su idea de frontera debemos estar dispuestos a implicarnos en un cuestionamiento permanente acerca de lo que “nos” define, como también de quién es el “otro” que está más allá de ellas. En este planteo está cercano a Barth a quien ya hemos revisado precedentemente, y también a Said, como ya tendremos oportunidad de ver.

Entender esto y llevarlo a la práctica, insiste, es aceptar la pluralidad de nuestra realidad, y, por ende, aceptarnos rodeados por múltiples fronteras. Ser conscientes de esto es condenar y combatir las reducciones de “la propia identidad a una realidad unidimensional” [45] , recortando así un nosotros étnico y nacional, que es lo que debiera marcar nuestras identidades, en vez de reducirnos a una única pertenencia. En este sentido, claramente, para él es mucho más humana y constructiva la elección constante, polémica y nada fácil, por una identidad plural y el rechazo a una sola bandera [46] .

Sin desconocer su significado más tradicional nos dió cuenta de la frontera, también, como un lugar de enfrentamientos. Un lugar con connotaciones de dominio. Las reivindicaciones fronterizas a menudo pretenden preservar identidades y defender el derecho a la autonomía, pero también pueden convertirse en lo contrario, esto es, en dominio sobre otros, expansión y negación de la autonomía de estos otros. Y es lo que denuncia en el Estado de Israel y sus habitantes, esa “doble naturaleza de la frontera como muralla que separa y protege, y como apelación a nuevas conquistas, desde hace más de medio siglo” [47] . Israel amparado en esta doble naturaleza, fijó y no fijó fronteras. “Se ha negado desde siempre a fijar sus líneas divisorias exactas, y, de hecho, no ha dejado de modificarlas y ampliarlas” [48] . Aún así no ha tenido reparos en asignar funciones diferentes y contradictorias a quienes han elegido situarse en ellas: guardias fronterizos, colonos, que quizás ignoran el límite exacto de la misma, pero que saben que del otro lado, están los palestinos. Para Israel es todo lo que basta que sepan, cual polis aristotélica, en la que el esclavo el único conocimiento que debía poseer era el de reconocer a su amo [49] .

Y de esta manera la frontera fluye como delimitación territorial que marca naciones, etnias y/o religiones, y que, por este tipo de reivindicaciones podrían constituirse en espacios de conflictos, de indiferencias, o al contrario, de solidaridad, de intercambio y de cooperación. En el caso de las fronteras entre Israel y el mundo árabe, él las señala como “fronteras de odio y de guerra” [50] . Pero, ante ellas, se define como “un pasador [51] entre ambos lados de las líneas del conflicto” [52] . Allí suceden encuentros que no podrían darse en ninguna otra parte. Pero las demarcaciones fronterizas que separan no sólo tienen lugar en el ámbito estatal y/o nacional “atraviesan también a nuestras sociedades, dividiendo grupos étnicos y comunidades culturales, el centro hegemónico y la periferia de los excluidos” [53] como quedó elucidado en el interior de la sociedad israelí analizada por él.

¿Deben haber fronteras para Warschawski?. Si, pero de otra naturaleza, erigir otras “...visibles y sólidas, en el seno del colectivo nacional en el que vivimos, con el fin de delimitar campos claramente asociados a sistemas de valores, una definición del bien y del mal, proyectos de sociedad [...] fronteras para crear un “nosotros” y un “ellos” sobre las ruinas del “nosotros tribal” y consensual” [54] . Porque es imperativo, para él, impedir la transformación del conflicto nacional y anticolonialista en guerra étnica. Las guerras étnicas dan origen a sociedades étnicas, encerradas en sí mismas, represoras, estériles. Y para contrarrestar esto es preciso construir identidades fronterizas. “Fronterizo es aquel cuya identidad se forja en el intercambio, en una interacción permanente con sus vecinos. Tiene una identidad plural, permeable, mestiza” [55] .

 

Edward Said: “siempre existen dos lados”.

“Lo deseable es, pues, una noción de coexistencia que sea fiel a las diferencias entre judíos y palestinos, pero que lo sea también a la historia común de luchas distintas y desigual supervivencia que los une” [56] .

 

Edward Said (1935-2003) fue un intelectual y musicólogo palestino de un inclaudicable activismo por la paz, de gran intervención política, además de crítico literario y escritor para diversos medios periodísticos. La historia lo quiso testigo de la Naqba y parte de los primeros refugiados y exiliados que inauguró el conflicto. 

Por ello toda su obra, en torno a la situación palestina, no está exenta de la misma objeción y, a la vez, fortaleza que se le hizo oportunamente a Warschawski en el presente trabajo.

En la mayoría de la literatura saidiana sobre el conflicto Israelí-Palestino (pero no sólo en este tipo de escritos [57] ) sobresalen dos aspectos. El primero tiene que ver con la necesidad del autor de instalar la idea de que en las experiencias humanas de dominio siempre existen dos lados, un contrapunto, aunque se solapen. El segundo aspecto es su lucha, teórica y política, por lograr el reconocimiento de las dos historias en el conflicto, la judía y la árabe, según él las llama a cada una. De esta forma, en las obras del autor, se impone el planteamiento de historias entrecruzadas.

Aquí trabajaremos especialmente con Cultura e Imperialismo y Crónicas Palestinas.

En Cultura e Imperialismo [58] , secuela de Orientalismo, busca redimir lo que en esta última obra, según algunos de sus críticos contemporáneos, quedó soslayado: el lugar del sujeto colonizado, el subalterno [59] . Por ello en parte importante de Cultura e Imperialismo se dedica a explicar porqué es importante dar cuenta de “los dos lados”, pero no desde el lugar común de dominantes que dominan, sino desde la experiencia interrelacionada que une a los imperialistas con sus súbditos. Y ¿acaso Israel no ha sido imperialista frente a los palestinos?  “...si desde el principio reconocemos la existencia de historias entrecruzadas y complejas pero no por eso menos superpuestas e interconectadas [...] no existiría una razón particular para conferir a cada una de ellas un estatuto ideal y esencialmente separado” [60] . Con Said, creemos que así debe intentar entenderse la historia del conflicto Israelí-Palestino, porque si explorásemos por separado cada historia, en vez de unidas, haríamos que las experiencias de dominar y de ser dominado quedaran desligadas de un modo falso y artificial. No dudamos que son experiencias discrepantes, pero lo son también interdependientes y en ello radica su complejidad.

En Crónicas Palestinas, una compilación de sus escritos políticos para diversos medios de prensa árabe y europea entre 1995 y 2001, Said se permite poner en praxis lo enunciado teóricamente en Cultura e Imperialismo. Estos relatos manifiestan la densidad de su pensamiento en el momento post Acuerdos de Oslo (1992/1993), momento en que rompe relaciones con el líder palestino Arafat y con la OLP por estar completamente en desacuerdo y abogar que Oslo representó la claudicación de todas las reivindicaciones históricas de Palestina y la entrega de años de resistencia a cambio de migajas. Quedando completamente irresueltos problemas básicos como las fronteras territoriales, los refugiados, el derecho al retorno, la liberación de todos los presos políticos, y el reconocimiento real del Estado Palestino.

Said en este libro critica duramente a la dirigencia Israelí “que explota la debilidad palestina para prolongar su ocupación militar y su práctica colonizadora por otros medios”, a los EEUU “que auspicia las injusticias y desigualdades del proceso” y, especialmente, a la Autoridad Nacional Palestina “que ha legalizado los procesos ilegales -por no decir absurdos- del “proceso de paz”, y mantiene una postura débil e incompetente” [61] . Y si bien, Said, no creyó que Hamas (o Yihad Islámica) pudiera constituirse en una opción política de dirigencia que supusiera el inicio de una pacificación y amortiguación de los padecimientos del pueblo palestino, como queda claro en la siguiente cita “Hamas y Yihad Islámica, en mi opinión, no constituyen una alternativa a la Autoridad, aunque, obviamente, son una expresión de la resistencia a la ocupación israelí” [62] , creemos que tampoco estaría de acuerdo con el clima actual de separación al interior de Palestina. Separatismo que, de alguna manera, anticipó al afirmar que de no mediar términos de entendimiento que tomaran seriamente las demandas a un lado y al otro de los implicados, el conflicto iría inaugurando más división. Hamas, en 2006, como hemos visto, sí se constituyó en una opción política de gobierno, y, creemos que fue y es expresión de la resistencia de un pueblo harto de acuerdos de paz que nunca son tales. Y, fundamentalmente, de un pueblo cansado de la corrupción de Al-Fatah, de la falta de representatividad de éste en la Autoridad Nacional Palestina, es decir, de un pueblo que llevó al límite lo que Said venía denunciando desde 1993. Pero también Said auguró, en ese entonces, algo muy propio de los tiempos actuales que vive Palestina “Habría que ser un necio para negar las circunstancias, inimaginablemente difíciles, en las que nos encontramos como pueblo: divididos, dispersos y sin una auténtica independencia en ningún sitio. Pero primero debemos realizar una seria crítica colectiva de las políticas y los líderes que nos han puesto en ese trance, y debemos ser capaces de atribuirnos una considerable responsabilidad a nosotros mismos y a nuestros fallos, y no sólo a nuestros enemigos y a sus conspiraciones [...] Resulta inútil decir que tenemos un “Estado” cuando en realidad estamos casi tan lejos de tenerlo como siempre” [63] . Vemos que, Said, no daría conformidad al proceder ni de Hamas, ni de Al-Fatah en la actualidad.

Considera, como ya ha quedado vislumbrado, que de nada sirve condenar sólo el proceder de Israel porque no es el único responsable de la situación desoladora en Palestina. Esto claramente demuestra su pensar francotirador, a unos y otros dirigentes, y su afán por conocer y entender la naturaleza del conflicto. De medular importancia para pensar críticamente en una posible coexistencia Binacional.

Said de ninguna manera minimiza el colonialismo del sionismo judío y no judío, en Israel y fuera de él, pero entiende que, después de Oslo, no se trata sólo de él. Denuncia a cada paso los procedimientos autoritarios e inhumanos del Estado de Israel, pero también denuncia la corrupción y falta de democracia de la Autoridad Nacional Palestina...

Todo el tiempo se manifiesta a favor del entendimiento de las historias superpuestas y traslapadas de ambas naciones y sus diversas fronteras políticas y étnicas resultado del conflicto. Actuando las mismas como límite, pero también como posibilidad. Por eso se permite acordar con que Israel ha explotado el Holocausto con fines políticos [64] , pero de ningún modo deja de considerar la memoria colectiva que existe de la tragedia y la carga de temor que supone para todos los judíos siquiera pensar en ello. Pero aún así, insiste en que han habido otros exterminios en la historia y uno de ellos, el palestino. Yendo más allá con esta reflexión a Said le interesa profundizar en que “hay que establecer un vínculo entre lo que les ocurrió a los judíos en la Segunda Guerra Mundial y la catástrofe del pueblo palestino; un vínculo que no se debe establecer sólo [...] como argumento para demoler o disminuir el auténtico contenido tanto del Holocausto como de 1948. Ninguno de los dos sufrimientos es igual al otro; del mismo modo, ni el uno ni el otro justifican la violencia actual; y finalmente, ni el uno ni el otro se deben minimizar” [65] . Esa conexión por la que aboga es la expresión clara de su pensamiento en Cultura e Imperialismo acerca de “siempre existen dos lados” porque exige críticamente “una conexión que permita ver que la tragedia judía ha llevado directamente a la catástrofe palestina, digamos que por “necesidad” [...], no podemos coexistir como dos comunidades de sufrimientos independientes e incomunicadamente separados. El fracaso de Oslo ha sido planificar en términos de separación, la fría partición de pueblos en entidades separadas, pero desiguales, en lugar de percibir que la única manera por encima de un interminable toma y daca de violencia y deshumanización consiste en admitir la universalidad e integridad de la experiencia del otro y empezar a planificar juntos una vida en común” [66] . Perdónese la extensión de la cita pero la elocuencia y el sentido de la misma no podrían, a nuestro entender, ser mediados por ningún refraseo.

En Said, quedó claro, que no existe lugar a la idea de división por razones étnicas-culturales, religiosas o nacionalistas, y mucho menos justificar genocidios y matanzas en nombre de eso. Él no vió fronteras que no sean salvables. Ni étnicas, ni políticas. No tuvo reticencias en hablarle claro al poder: Israelí, Europeo, Estadounidense, Palestino. Bregó siempre por un salto de conciencia, al estilo Fanon [67] , un salto por parte de los árabes-palestinos que fuera correspondido por una símil voluntad por la contraparte israelí (y todos los que la apoyan: en EEUU, en Europa, en Latino América). Un salto que lleve a plantear la coexistencia y no, la estéril idea de olvidar el pasado -cosa que nunca sucederá- y vivir como dos estados separados, como proponen hoy Israel y la Autoridad Nacional Palestina (en su portavoz gubernamental Al-Fatha o en su opositor legislativo Hamas).

Pensar dos Estados separados no tuvo prosperidad entonces y no la tendrá hoy porque, que en las mejores palabras de Said: “El hecho es que las experiencias judía y palestina se hallan históricamente -en realidad, orgánicamente- conectadas: separarlas equivale a falsificar lo que cada una de ellas tiene de auténtico. Debemos pensar juntos en nuestra historia, por muy difícil que pueda resultar, para que exista un futuro común. Y ese futuro debe incluir a árabes y judíos juntos, libres de proyectos excluyentes o basados en la negación que aislen a unos de otros, sea teórica o políticamente. Ese es el auténtico reto. El resto resulta mucho más fácil” [68] .

De lo contrario, si no existen comprometidas, serias y reales medidas de acuerdo y de paz, que no signifiquen la ausencia de guerra solamente, se perpetrará lo que hoy es crónico en Palestina: enfrentamiento civil, división partidaria, corrupción, crisis humanitaria, dispersión de refugiados, ausencia de Estado y reconocimiento de fronteras. Y en Israel: la creencia en la infalibilidad a costa de la supresión de la libertad, la expoliación y sometimiento de generaciones de palestinos e imposición de fronteras territoriales y limpieza étnica. Esa parece ser la regla: un Estado de Excepción permanente [69] , un apartheid constante basado en la fanoniana y vigente idea de que dos pueblos puedan convivir con racismo y separación, amparados en la inferioridad que el fuerte impone al débil [70] . Aunque tal como demuestra la realidad argelina para el caso fanoniano y la palestina-israelí para el nuestro, dice Said, “siempre resultará muy poco probable que un pueblo acepte alegremente su esclavitud” [71] .  Con los costos que eso implique para todos. Costos que hoy se siguen sintiendo a pesar de las voces como las de Michel Warschawski y Edward Said.

 

Continuando la conversación [72] sobre fronteras: Warschawski y Said.

Lo primero que llama la atención y es curioso a nuestra mirada es que uno de ellos hable de fronteras y el otro no. Hijo uno de un Estado sionista, imperial, basado en los horrores por demás enunciados en este trabajo. Hijo el otro de un estado negado, nunca reconocido del todo, o, nunca realmente, preso de contradicciones no superadas y herido de dispersión, cuando no de desesperación [73] . El, primero hijo de un Estado que impuso fronteras políticas, territoriales, étnicas, nacionales y, podemos afirmar, nació forjando fronteras de odio y racismo. El segundo, hijo del que nunca las tuvo o, valga el neologismo, fue fronterizado, demarcado, acordonado, circunvalado, bantustanteado, amurado, concentracionado, y todos los nombres que recibió el avance territorial y político del primero [74] . Ambos marcados por percepciones de fronteras distintas. Y eso vive en su subjetividad de los hechos y en la forma en la que intervienen sobre ellos.

¿Acaso para Warschawski será una necesidad predicar nuevas fronteras basadas en la antítesis de las que fueron la regla? ¿Acaso es preso de algún tipo de culpa que siente deber reivindicar?

¿Porqué Said no habla de ellas más allá de la arenga y compromiso en pro de su reconocimiento? ¿Porqué se sentirá más a gusto con los “dos lados”? Parte de estas respuestas, esperamos, se encuentren en la trama de esta ponencia, otra, nos es inalcanzable.

Sus historias marcan sus demandas a fuego. Mientras Warschawski manifiesta querer ser un pasador, Said se define como un francotirador. Aquel llegó al mismo Jerusalén del que el último fue privado. Aquel migró tras el llamado sionista a poblar por fin un territorio, mientras el último fue forzosamente separado de su tierra. Aquel fue un pasador desde siempre, porque pasó de Estrasburgo y su alteridad a Jerusalén y su nueva forma de alteridad, y luego, eligió seguir siendo un pasador entre las fronteras segregacionistas, pero a Said ¿acaso le quedó esa posibilidad? Ser francotirador le permitió ejercer la crítica desde el lugar en que se vió obligado a hacerlo, desde un afuera, mientras aquel pudo hacerlo desde un adentro.

Ambos son críticos hacia sus comunidades y hacia sus dirigencias y acuerdan, cada uno desde su lugar, en que la única solución posible deberá ser un Estado Binacional. Pero acompañado de una toma de conciencia al interior de la negación que impera a ambos lados. Dice Warschawski “Se necesita una verdadera revolución cultural para pasar del Estado de dominación al Estado de paz. Una revolución de las mentalidades y los comportamientos, una toma de conciencia radical de la sociedad y de su dirección política, intelectual y espiritual” [75] . Mientras Said sostiene que es preciso “comprender lo que les pasó a los judíos en Europa [...] Sin embargo, un salto de conciencia como éste por parte de los árabes debería coincidir con una voluntad igual de compasión y comprensión por parte de los israelíes, que se ha acogido a todo tipo de negaciones y expresiones de irresponsabilidad defensiva cuando se trata del papel central de Israel en nuestra desposesión histórica como pueblo” [76] . El cambio deberá implicar a las dos naciones si se precia de serio de lo contrario se mantendrá el Estado de Excepción y las palabras de Said son más que elocuentes al respecto: “Lo que se necesita ahora es un cambio de conciencia: los israelíes deben darse cuenta de que su futuro depende de cómo aborden y encaren valerosamente su historia colectiva de responsabilidad por la tragedia palestina. Y los palestinos, así como los demás árabes, deben descubrir que la lucha por los derechos palestinos es inseparable de la necesidad de crear una auténtica sociedad civil y democrática, y de explorar modos de comunidad secular que no ofrecen los “retornos” al judaísmo, al cristianismo o al islam característicos del fundamentalismo religioso contemporáneo” [77] . Ambos autores acuerdan en que de no mediar un salto de conciencia no será nada.

Los dos consideran a los acuerdos de Oslo un preludio para acentuar el separatismo Israelo-Palestino. Sobre Said nos hemos extendido por demás al respecto en tanto que, sobre ello, Warschawski ha afirmado “La “declaración de principios” de Oslo estaba lejos de hacer justicia a los palestinos [...] Si bien mencionaba “cien años de conflicto”, “[...] seguía haciendo que los protagonistas se dieran la espalda, sin señalar las responsabilidades históricas. [...] Es decir, que la independencia palestina estaba allí más sugerida que anunciada” [78] . Said vió claramente esta perversión de Oslo y lo denunció allí mismo, en 1993, mientras Warschawski necesitó que pasara tiempo entender la naturaleza del acuerdo.

La historia tiene esa manía del retorno y en el 2000, con Camp David, se ratificaron los términos de Oslo, y eso significó que la solución última para la Cuestión Nacional Palestina seguiría siendo el sistema de apartheid, es decir, de la parcelación de los territorios, del control de las fronteras y de los recursos naturales. Tal como se mantiene hasta hoy.

Ambos autores, desde sus lugares, combatieron esta decisión. Said tomó parte en la Intifada de 2000, mientras Warschawski optó por hacer fluir más la información, denunciando la injusticia de Camp David.

Si hay una constante en las historias de Israel y Palestina desde Warschawski y Said, pese a todo, esta ha sido la lucha por el reconocimiento de las diferencias y su coexistencia. Entender esto implica desandar Olso y Camp David. Pensar en que el entendimiento debe anclar en el compromiso fuerte, tanto en Israel como en Palestina, hacia sus propias historias. Compromiso, aceptación y reconciliación con las mismas. Sino sólo se construirá sobre la mentira y eso no conducirá a ningún lado. Porque no puede haber reconciliación sin reconocimiento por parte de Israel, sus dirigentes y su población, de la injusticia cometida entre ellos en su nombre, en contra del pueblo palestino, y el mismo ejercicio de memoria y construcción le cabe a estos últimos.

Acaso Warschawski y Said desde las propias fronteras que los separan y, a la vez, los unen en voces disidentes y disonantes, nos ayuden siquiera a pensar ellas como posibilidad de cambio.

 

Palabras finales.

Al comenzar este artículo partimos señalando que nos aproximaríamos a la reflexión sobre la cuestión de fronteras entre la “Cuestión Judía” y la “Cuestión Palestina”. A lo largo del mismo intentamos describir y analizar las fronteras en juego en el histórico conflicto Israelí-Palestino. Revisamos la compleja historia y desarrollo del mismo de 1948 a la actualidad y recurrimos a la mirada testigo/protagonista y podríamos decir también biográfica de dos reconocidos pensadores, un israelí y un palestino. Y sobre el final, después de entender que los Estado-Nación y los nacionalismos son una invención europea, podemos decir que gran parte de las estrategias de sus reivindicaciones también son exportadas y trasplantadas a sitios que, quizás, nada tengan que ver con ellas, y que por ello, dan lugar a problemas de orden cultural y étnico, en gran parte irresueltos.

Podemos afirmar que el sionismo, como dijimos antes, es antisemita, pero ante todo es europeo. Creado al calor de los nacionalismos en Europa y pensado, en principio, para otras latitudes que, tras la “Cuestión Judía”, terminaron siendo Palestina. Esa ha sido la regla de Europa en su actitud colonialista, imperial y etnocéntrica: trasplantar modelos de Estado-Nación o ideales liberales a otras geografías, sin importar las formas de organización de los pueblos y/o grupos étnicos originarios, imponer fronteras políticas sobre las étnicas y culturales sin mediar correspondencia.  Por medio del presente trabajo pudimos desarrollar las consecuencias de este proceder en Israel y Palestina: las fronteras políticas impuestas, los avances de fronteras territoriales, el mantenimiento de fronteras culturales como forma de resistencia, la necesidad de adscribir a fronteras de encuentro y de dialogo inter-cultural, etc.

Entendimos que la “Cuestión Judía” fue el nombre que Europa dió al Holocausto, al que solucionó  originando otro, al que dió en llamar “Cuestión Palestina”. Para Europa, y no sólo ella sino en el siglo XX EEUU también, siempre se trató de “cuestiones”. Y podríamos decir que el mundo está llena de ellas: la cuestión armenia, la cuestión kurda, la cuestión chechena, etc. En vez de exterminio, en vez de genocidio, “cuestión”. Y nunca de tragedias, ni limpiezas étnicas. Vemos que Europa y los EEUU tienen severos problemas para llamar a las cosas por su nombre. Mientras los implicados en este artículo no: los Judíos la llaman Shoa (holocausto) y los Palestinos la llaman Naqba (tragedia). Entonces esto nos lleva a pensar que en la naturaleza de Europa y EEUU existe cierta costumbre de ocultamiento del exterminio, negación, indiferencia, abandono. Podemos decir, entonces, que cuando estamos ante todo esto estamos ante una “cuestión europea y estadounidense”. Y ante eso estamos hoy. Y cada “acuerdo” o “misión de paz” no es más que una ratificación de ello.

Por eso, al tratar la cuestión de fronteras, buscamos ir más allá de la noción legada por estos Imperios. Cuando pensamos analizar las fronteras, intentamos verlas como potencialidad, como posibilidad. Re-pensar las fronteras étnicas y culturales y re-valorizarlas. Ya sea para el encuentro de los pueblos enfrentados o en la lucha por el mismo. La frontera como entrecruzamiento de experiencias ha sido el eje de nuestro trabajo. Hemos intentado cruzar las fronteras que dividen a israelíes y palestinos y ponerlos a dialogar en las voces de dos de sus principales pensadores y activistas por la coexistencia en un Estado Binacional, reconociendo asimismo, lo pluriétnico que tal debería ser.

Y lejos de la tradicional idea de cuestión al estilo europeo y norteamericano antes mencionado, no ocultamos las otras connotaciones que ha implicado el término frontera, y por eso también, a la luz del conflicto Israelí-Palestino hemos trabajo y desentramado el significado de la frontera como límite, la frontera concentracionaria, la frontera como muro que forja el odio y el terror, hemos visto a la frontera como avanzada y espacio de lucha, la frontera expansiva, la frontera que divide, la frontera como excusa de exterminio. Y, por sobre todo, nos hemos enfocado en la frontera nacional y política, porque creemos y estamos convencidos de que pueden servir al exterminio, pero también a lo contrario, a la revitalización de los lazos comunitarios étnicos y a su re-significación, al reconocimiento de las diferencia culturales, y por tanto, en el caso Israelí-Palestino a la paz Binacional.

Como vimos las fronteras son complejas y ofrecen todas las posibilidades, aún en las situaciones menos pensadas.

 

Bibliografía consultada.

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GARAUDI, Roger, Los mitos fundadores del Estado de Israel. El fundamentalismo sionista, H. Garetto Editor, Bs. As., 2006.

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PAPPE, Illan; La limpieza étnica de Palestina, Crítica, Barcelona, 2008; e Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos, Akal, Madrid 2007.

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WARSCHAWSKI, Michel; En la Frontera. Israel-Palestina: Testimonio de una lucha por la paz, Gedisa, Barcelona, 2004.

 

 



[1]              Citado en Homi Bhabha en referencia a Martín Heidegger “Construir, Habitar, Pensar” en El lugar de la cultura, Manantial, Bs. As. 2002. p. 17.

[2]              Catástrofe en Hebreo.

[3]              Desastre en Árabe.

[4]              Edward Said tiene una obra interesante al respecto y cuyo título es The Question of Palestine, Times Book, Nueva York, 1980.

[5]              Entendemos por etnia una categoría de adscripción identitaria. Para consulta de las implicancias de la misma ver: GIMENEZ, Gilberto; El debate contemporáneo en torno al concepto de etnicidad. Instituto de investigaciones sociales de la UNAM, 29 y 30 de octubre de 2005.

[6]              Para una discusión acerca de cada nominación invocada: semita, judío, sionista, hebreo, israelí, israelita, judaísmo, sefaradí, azquenazí, lo mismo que antisemita, existe en prensa un artículo de nuestra autoría. FLORES TORRES, Mariela, Los judíos: los Otros en la trama de los Imperios, Departamento de Historia, UNPSJB, Trelew, 2006.

[7]              GIMENEZ, Gilberto; El debate contemporáneo en torno al concepto de etnicidad. Instituto de investigaciones sociales de la UNAM, 29 y 30 de octubre de 2005.

[8]              Tomado de GIMENEZ, Gilberto; El debate contemporáneo en torno al concepto de etnicidad. Instituto de investigaciones sociales de la UNAM, 29 y 30 de octubre de 2005, en referencia a Jean-William Lapierre en su Prefacio a Théories de l'ethnicité, París, PUF, 1996.

[9]              Pappé es intelectual de la corriente revisionista. Es historiador y catedrático de Cs. Políticas en la Universidad de Haifa. Recientemente han sido editadas en español dos de sus obras más importantes. La limpieza étnica de Palestina, Crítica, Barcelona, 2008; e Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos, Akal, Madrid 2007.

[10]            Publicado en artículo La Historia de Israel Revisada. 29/06/07. Fuente página web: http://www.lahaine.org/index.php.

[11]            WARSCHAWSKI, Michel; En la Frontera. Israel-Palestina: Testimonio de una lucha por la paz, Gedisa, Barcelona, 2004, p. 31.

[12]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit., p. 44.

[13]            Robando la expresión a Dolores Juliano en RINGUELET, Roberto; Procesos de contacto interétnico, Ediciones Búsqueda, Bs. As., 1987.

[14]            Para ampliar la información sobre 1948 y el significado para ambas naciones puede resultar útil explorar en la visión de historiadores israelíes como los nombrados precedentemente, y en historiadores palestinos como MASALHA, Nur en Políticas de la negación. Israel y los refugiados palestinos, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2005 e Israel: Teorías de la expansión territorial, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2002.

[15]            La historia de la resistencia árabe había empezado un tiempo antes con el nacionalismo árabe en ciernes. Consultar:  CARRERAS MARTÍNEZ, José; Los orígenes del problema de Palestina, Arco Libros, Madrid, 1996 y HOURANI, Albert; La historia de los árabes, Vergara Editor, Barcelona, España, 2002.

[16]            Hubo y hay refugiados en Líbano, Siria, Jordania, Irak. Said en Crónicas Palestinas insinúa que se pensó, desde antes de 1948, a Latino América como destino de los palestinos. Por ello no es de asombrar la reciente llegada de refugiados palestinos a Chile en abril y mayo del presente año, más allá de que existe allí una colonia muy grande de palestinos, este hecho viene a convalidar la sentencia de Said de plan premeditado. SAID, Edward; Crónicas Palestinas. Árabes e israelíes ante el nuevo milenio, Grijalbo, Barcelona, 2001, p. 119. y MASALHA, N; Op. Cit.

[17]            Para los mitos de Israel consultar GARAUDI, Roger, Los mitos fundadores del Estado de Israel. El fundamentalismo sionista, H. Garetto Editor, Bs. As., 2006.

[18]            Se unificaron junto al sionismo Mapai y Mapam entre otros partidos de izquierda. A excepción de Matzpen que era señalado como el enemigo interno por mantener la crítica hacia el proceder de Israel. No obstante sus militantes renunciaron a esa identidad nacional excluyente y se afianzaron en un marco identitario más amplio: elinternacionalismo y el socialismo sin fronteras.

[19]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 121.

[20]            Otro movimiento opositor fue el movimiento por la paz, masivo y popular PAZ AHORA, nacido en 1977. Aunque esta organización estuvo siempre muy cerca de EEUU. Al respecto ver SAID Y WARSCHAWSKI. Por otro lado, otras organizaciones de resistencia al gobierno y a la guerra de Yom Kipur que surgieron en ésta época fueron el Comité de Acción contra la Colonización en Hebrón, el Comité de Solidaridad con la Universidad de Bir Zeit, entre otros.

[21]            Es el partido más conocido en los 90 y 2000. Se formó como coalición de partidos de derecha en 1973.

[22]            Originalmente, en los 30, era de extracción obrera socialista, conocido como el partido de los obreros de David Ben Gurión. Tras el 48 se constituyó en el partido hegemónico del movimiento sionista en el Estado de Israel. Y lo fue hasta 1977 en que Likud tomó el poder. Después de una serie de fusiones con otros partidos sionistas socialistas en la década del 70, tomó el nombre de Partido Laborista.

[23]           Al interior del ejército israelí se produjo el fenómeno Yesh Gvoul, que era popularmente conocido y significaba “Basta”. Los reservistas insubordinados compartían el común desacuerdo y negación a cruzar la frontera israelo-libanesa.

[24]            El Consejo Nacional Palestino en 1988 proclama, en Argel el Estado Palestino, que será la Autoridad Nacional Palestina, y en 1989 se declara a Arafat su presidente. SAID, Edward; Op. Cit. p. 12 y 31.

[25]            No reivindicamos su violencia sino la experiencia de las mismas como unificadoras del padecer palestino. Hubo dos grandes insurrecciones o llamadas Intifadas: una en 1987 y la otra en 2000.

[26]            Sin dejar de mencionar al FPPL (1967) y a FDPL (1969), principales organizaciones de izquierda de la resistencia palestinas, pero sin tanta representatividad como los mencionados antes.

[27]            Menahim Beguin, Shamir, Netanyhau, Barak y Ariel Sharon son sólo algunos de sus representantes más activos en la política isrelí de los 80, 90 y principios de milenio. Política que tuvo un breve interregno laborista bajo el gobierno de Rabin, principal interlocutor israelí para los Acuerdos de Oslo de 1992/3, asesinado en 1995, momento en que vuelve a instalarse la hegemonía Likud en Israel. “Después del asesinato de Rabin, la discrepancia izquierda-derecha dejó de existir”, “La colonización de Cisjordania y de Gaza se convirtió en uno de los componentes del nuevo consenso [...], esto es lo que permite comprender cómo tantos electores y militantes pudieron votar a Sharon unos años después”. WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 206-207.

[28]            Como tendremos oportunidad de ver, lo mismo ha denunciado Edward Said en esos mismos momentos, costándole en ese entonces, no sólo la ruptura de relaciones con Arafat, sino también su ex-comulgación, valga la ironía, de la OLP.

[29]            WARSCHAWSKI, Michel; La revolución sionista ha muerto. Voces israelíes contra la ocupación (1967-2007), Bellaterra, 2008 y A Tumba Abierta. La crisis de la sociedad israelí, Icaria, Barcelona, 2004

[30]            Límite no como tope sino como reconocimiento, significación y asimilación de las diferencias culturales. Este concepto ya ha sido revisado anteriormente en este trabajo. Ver BARTH, Fredrik; “Introducción” en Los grupos étnicos y sus fronteras. La organización social de las diferencias culturales, FCE, México, 1976.

[31]            Tomamos la idea de biografía de MANDRINI, Raul (comp.); Vivir entre dos mundos. Las fronteras del sur de la Argentina. Siglos XVIII y XIX, Taurus, Bs As., 2006. Biografía no en sí misma, sino como una herramienta capaz de dar cuenta de la complejidad de la vida en las fronteras, en ese sentido, las historias de vida puede ayudar a desentramar las diversas relaciones que allí son posibles.

[32]            WARSCHAWSKI, Michel; En la Frontera. Israel-Palestina: Testimonio de una lucha por la paz, Gedisa, Barcelona, 2004.

[33]            Nació en Estrasburgo, Francia, en 1949. En 1965 migró a Jerusalén, a los 16 años. En 1967 se unió al Matzpen, partido de extrema izquierda trotskista (hoy desaparecido). Actualmente es el presidente del Centro de Información Alternativa (AIC, creado por él en 1984). Participa constantemente en medios de información y comunicación que dan cuenta de la realidad del conflicto como Le Monde Diplomatique, junto a Dominique Vidal por ejemplo. Está casado con la abogada Lea Tsemel. En el año 1991 fue prisionero político 20 meses por activar en favor del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP).

[34]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 259.

[35]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p.  142.

[36]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 147.

[37]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 161 y 162.

[38]            En palabras de WARSCHAWSKI “el sionismo necesitaba, evidentemente, del antisemitismo” p. 195.

[39]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 195-196

[40]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 199.

[41]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 200.

[42]            “Tal como suele ser el caso, el odio recíproco es directamente proporcional al miedo que experimenta cada uno de estos dos campos con respecto al otro: unos temen que el pueblo ignorante y fanatizado los arrastre nuevamente hacia las tinieblas del gueto; los otros [temen] que se los asimile a la fuerza en la ciudad global y su modo de vida occidental” WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 209.

[43]            Él fue marcado por la alteridad que sintió allí por parte de los nativos respecto de él y las familias de origen judío. Y aprendió a reconocerla.

[44]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 12

[45]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p.  12.

[46]            Que de ninguna manera significa un relativismo.

[47]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 13.

[48]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 13.

[49]            Aristóteles; Capítulo VII “Diferentes clases de esclavitud. El saber del amo y el saber del esclavo” en  La política, Grafidco, Bs. As, p. 30-31.

[50]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 13.

[51]            En este sentido, y a propósito del término, el autor se presenta como perteneciente al clan de los hebreos, llamado ivri, del verbo avar que es “pasar, ir más allá”, y también “transgredir”, pues avera en hebreo significa “falta” o “crimen”. Se reconoce “3 veces pasador”: pasador de valores de confraternidad, de solidaridad y de perspectivas de coexistencia, una coexistencia basada en el respeto, la igualdad y la cooperación; pasador de fronteras y, asimismo, transgresor de los tabúes que nos conducen a acurrucarnos en una identidad patriotera. WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. Capítulo 6.

[52]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 14

[53]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 14.

[54]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 258.

[55]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 261.

[56]            SAID, Edward; Crónicas Palestinas. Árabes e israelíes ante el nuevo milenio, Grijalbo, Barcelona, 2001, p. 142.

[57]            Tiene muchas otras obras que no son del género político, sino de literatura comparada, de análisis cultural, etc. Ver: Orientalismo, El mundo, el texto y el crítico, Representaciones del Intelectual, entre otras.

[58]            Obra dedicada especialmente a entender cómo la cultura forja al imperio y lo sostiene. Aquí Said analizará diferentes artefactos culturales de los s. XVIII y XIX como novelas, operas, etc., para dar cuenta cómo crean estructuras de referencia y de sentir, en las colonias, que apuntalan el Imperio. Convocamos parte de sus supuestos teóricos aquí para entender el carácter superpuesto e interdependiente de la dominación imperial.

[59]            Nosotros no compartimos esas críticas porque suponer que “no se consideró el lugar de los sujetos colonizados”, sería, según nuestro parecer, asumir una mirada incompleta de su propuesta teórica, y una mirada tal podría llevar a entendimientos erróneos de la misma. Creemos que toda la obra Orientalismo es una apuesta no sólo por desentramar y denunciar la narrativa construida desde el poder imperial europeo y norteamericano sobre el llamado Oriente, en s. XVIII y XIX, sino también por exponer la situación de los colonizados frente a la misma: el despojo de Historia del que han sido parte. El objeto de estudio de Said, claro está, es este discurso hegemónico y no los espacios de resistencia de los colonizados al mismo, pero justamente se interesa en la construcción de tal discurso para evitar que un mito o punto de vista dominante -como definitivamente lo han sido las instituciones orientalistas y lo siguen siendo aún en muchos casos [59] , se convierta en Historia sin su contrapunto.

[60]            SAID, Edward; Cultura e Imperialismo, Anagrama, Barcelona, 1996, p. 76.

[61]            Todas las citas de la oración corresponden a  SAID, Edward; Crónicas Palestinas. Árabes e israelíes ante el nuevo milenio, Grijalbo, Barcelona, 2001,  p. 34.

[62]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 47

[63]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 62-63.

[64]            Para revisar esta idea se recomienda Tom Seguev; The seven million, y Norman Filkenstein; La Industria del Holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío, Siglo XXI, Bs. As., 2000, entre otros.

[65]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 140.

[66]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 141.

[67]            Para Fanon, el objetivo de la liberación nacional no era limitarse a sustituir a un policía francés por uno argelino, sino un cambio de conciencia. FANON, Frantz; Los condenados de la tierra, FCE, Bs. As., 2007.

[68]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 143.

[69]            FLORES TORRES, Mariela; “¿Todo hombre es pasible de ser matado?” en Revista de Historia Pasado Porvenir Nº 1, Departamento de Historia, Trelew-Chubut, 2005.

[70]            Tesis principal en FANON, Frantz; Piel negra, máscaras blancas, Schapire Editor, Bs. As., 1994.

[71]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 301

[72]            Este apartado toma su nombre de un bello título de una obra editada en 2004 tras la muerte de Said en 2003. La misma compila escritos de diferentes intelectuales con los que Said ha tenido oportunidad de dialogar y discutir teoría y política en su incansable trayectoria de intelectual comprometido.

[73]            Con dispersión hacemos referencia a la diáspora de sus refugiados, exiliados, presos políticos, deportados, etc., y con desesperación intentamos dar cuenta de nuestro parecer respecto al porqué de los atentados suicidas y “terroristas” a los que algunos grupos, hasta no hace mucho el propio Hamas, adscriben. Creemos que tal acción no lleva a ningún entendimiento, pero también creemos que se hace necesario un análisis serio y detenido de tal situación que aquí quedará pendiente. Sin justificar su acción intentamos entender la cultura de la violencia en que nacen o son nacidos, donde la violencia es la regla y la paz la excepción. Consultar Estado de Excepción, Cultura de la violencia y ¿Todo hombre es pasible de ser matado?

[74]            Recuerdensé todos los planes territoriales de la derecha israelí de los 90 y 2000 que implicaron el avance del ilegal muro, la línea verde de acordonamiento, etc.

[75]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 254-255

[76]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 143.

[77]            SAID, Edward; Op. Cit. p. 115.

[78]            WARSCHAWSKI, Michel; Op. Cit. p. 183.

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